"La compra compulsiva de abarrotes y productos de limpieza resulta impertinente y desafortunada".
"La compra compulsiva de abarrotes y productos de limpieza resulta impertinente y desafortunada".
Editorial El Comercio

Con la confirmación de la llegada del al Perú hace más de una semana, y con las medidas preventivas planteadas por el para amortiguar los efectos del agente patógeno en el país, la reacción de algunos ciudadanos ha sido entregarse al pánico y a la angustia.

En los últimos días, de hecho, las redes sociales nos han mostrado el ejemplo más meridiano de esta situación, a través de las imágenes de cientos de compatriotas adquiriendo grandes cantidades de productos en los supermercados –el convertido inusitadamente en uno de los bienes más demandados– y de otros tantos haciendo largas colas frente a los referidos negocios para (sobre)abastecerse a sí mismos. Una actitud que solo puede explicarse por el temor a que los víveres puedan escasear como consecuencia de una eventual agudización de la pandemia.

Sin embargo, aunque el temor por los estragos que pueda generar el coronavirus es comprensible, la compra compulsiva de abarrotes y productos de limpieza resulta impertinente y desafortunada. Lo primero porque, como han aclarado las autoridades, la crisis que nos ocupa no ha supuesto el desabastecimiento de insumos básicos y lo segundo porque la depredación constante de los supermercados tiene como víctimas a quienes solo pueden hacerse de suministros día por día.

Ante escenarios así, el Estado debe insistir en llamar a la calma y en informar cuáles sí son las acciones adecuadas para lidiar con el brote. Mientras tanto, la respuesta de algunos comercios, que han apelado a limitar la oferta de algunos artículos, es saludable.

No obstante, lo que la actual tesitura verdaderamente exige es la solvencia cívica de todos nosotros. Como se sabe, este trance puede ser acotado con acciones asertivas y con el respeto pleno a las disposiciones planteadas por las autoridades y los expertos, por mucho que estas puedan incomodarnos. Asimismo, el momento demanda que la empatía, especialmente hacia quienes son más vulnerables a la enfermedad, valga más que el egoísmo y los caprichos.

En corto: hoy más que nunca debemos tomarnos en serio nuestro papel de ciudadanos, el más importante de todos.