Editorial: Aire sucio
Editorial: Aire sucio

El suelo o el agua no son los únicos lugares en los que se puede tirar basura. Esta también se puede lanzar en el aire. Y, en él, los limeños la lanzamos por montones. 

Ayer la presentó un informe que analiza la calidad del aire en 1.600 ciudades de 91 países. Uno de sus hallazgos es que el de nuestra capital tiene los peores estándares de toda América Latina. Somos, lamentablemente, los campeones del aire sucio en la región.

Que Lima sufra de estos niveles de polución, por cierto, no es un problema menor que deberíamos pasar por alto. Es ampliamente conocido que dicha contaminación se encuentra relacionada con diversas enfermedades respiratorias. Y la OMS, además, advierte que la excesiva presencia de las partículas contaminantes más finas se asocia con un gran número de muertes causadas por infartos y ataques cerebrales.

Por lejos, el principal foco de polución en nuestra ciudad es el caótico parque automotor, aunque algunas industrias también contribuyen a esto. ¿Y qué entidad pública es la responsable de esta situación? Pues, bueno, eso es parte del problema: la competencia sobre este tema ambiental está tan repartida que, en la práctica, nadie es responsable de la misma.

Resulta que los estándares de calidad de aire que deben respetarse y los límites máximos permisibles de contaminación con los que debe cumplir cada empresa y actividad los fija el . La monitorea la calidad del aire. La y el se han venido pasando la competencia para regular el sistema de revisiones técnicas vehiculares. Finalmente, es la policía la encargada, en coordinación con todo el mundo, de realizar operaciones para fiscalizar que los vehículos hayan pasado por  revisión técnica y no produzcan emisiones contaminantes. Y ya sabemos qué es lo que sucede cuando la responsabilidad de cualquier tema recae sobre múltiples cabezas: todos se lavan las manos. 

Es difícil, incluso, saber con exactitud en qué eslabones de la cadena se encuentra el problema; si, por ejemplo, los estándares que deben cumplir los vehículos son demasiado bajos, si el sistema de revisiones técnicas no revisa lo que debe o si la policía no está fiscalizando correctamente a los grifos, automóviles y camiones. 

Quizá, para resolver el tema de la contaminación producida por el parque automotor, sería importante tener una autoridad única que coordine, regule y fiscalice el tráfico en Lima y Callao, incluyendo sus implicancias ambientales (como lo sugerimos en nuestro editorial del lunes, como parte de la estrategia para lidiar con el problema del transporte). 

Paralelamente, es necesario abandonar una serie de medidas que incentivan el uso de los combustibles y vehículos más contaminantes. Por ejemplo, el Impuesto Selectivo al Consumo debería ser más alto para los combustibles que generan mayor polución y no al revés, desalentando así su uso. Asimismo, el impuesto vehicular debería cobrarse a los autos antiguos en vez de a los nuevos, para darle más razones a sus propietarios de renovarlos. Estas, claramente, serían medidas impopulares porque afectarían los bolsillos de transportistas y de personas que no tienen recursos para pagar por combustible más caro y vehículos más nuevos. Pero la escasez de recursos difícilmente es justificación para permitir actividades que envenenan el aire que todos respiramos.

Por último, el Ministerio del Ambiente debe ponerse las pilas y empezar a establecer los límites máximos permisibles de contaminación del aire que debe cumplir cada empresa manufacturera (límites que el , cuando este tema era de su competencia, nunca fijó). Hoy solo unas cuantas de estas empresas están reguladas (como las industrias de la cerveza, las curtiembres, el cemento y el papel), pero la mayoría tienen –por la ausencia de regulación– carta blanca para llenar de contaminantes el medio ambiente y, de paso, los pulmones de todos quienes inhalamos el aire de esta ciudad.