Editorial: Los apóstatas de los últimos días
Editorial: Los apóstatas de los últimos días

Si en algo ha sido eficaz este gobierno, ha sido en promover la disidencia y la deserción en sus propias filas. Casi desde su llegada al poder, el humalismo empezó a sufrir bajas en el entorno del Ejecutivo y en su bancada parlamentaria, solo parcialmente explicables por el cambio de signo político que supuso el paso del plan de “La gran transformación” a la “Hoja de ruta” para poder ganar la segunda vuelta.

Paulatinamente, fueron ganando peso también como causas para el éxodo la intromisión de los inquilinos de Palacio en materias como la decisión de quién debía y quién no debía postular a la presidencia del Congreso por el oficialismo, los escándalos vinculados a la utilización política del Servicio de Inteligencia y los turbios ‘affaires’ relacionados con López Meneses, Belaunde Lossio o las agendas de la señora Heredia.

Así, a los tempranos alejamientos de personas como Carlos Tapia (por mencionar un ejemplo de lo ocurrido en el Ejecutivo) o la congresista Rosa Mavila, siguieron otros como los de Juan Pari o Sergio Tejada, para terminar con algunos tan emblemáticos como los de los dos integrantes de la plancha presidencial que acompañó a Ollanta Humala en las elecciones del 2011: Omar Chehade y Marisol Espinoza.

Hay que decir que en muchos de esos casos, por justificada que estuviera la razón esgrimida para romper con el gobierno, el gesto dio la impresión de ser tardío, pues esas mismas razones habían estado a la vista desde bastante tiempo atrás. No faltaron, por eso, los maliciosos que interpretaron las rupturas como una acrobacia electoral, destinada sobre todo a poder postular por un partido con mejores posibilidades de triunfo en el 2016.  

Culminado el plazo para ese tipo de renuncias, sin embargo, se continuaron escuchando algunas voces de incomodidad o abierta disidencia al interior del humalismo. Entre las primeras, cabe destacar la de la congresista y ex jefa del Gabinete Ana Jara, que, tras la admisión de la primera dama de que las agendas que tantas veces había negado eran suyas, dijo: “Para mí, en lo personal, ha sido un día doloroso y tiene un costo político que [a Nadine Heredia] le va a llevar mucho tiempo pagarlo”.

Entre las segundas, por otra parte, la voz más caracterizada ha sido seguramente la del parlamentario Daniel Abugattás, quien tomando la posta de los que pretenden asociar en estos días la postulación de Julio Guzmán al oficialismo, ha declarado que no le cabe duda de que este es “producto del Ejecutivo de este gobierno” y  que “representa el continuismo económico” del cual se quejó por cinco años. Y sobre la posibilidad de que sea el candidato de la señora Heredia, ha deslizado: “Eso lo dejo a la libre imaginación de cada uno”. 

La intervención tiene sin duda como primer objetivo golpear al aspirante de Todos por el Perú (TPP), pero la verdad es que, con el mismo envión, sacude al actual gobierno y a sus personajes más encumbrados. Como un repentino hereje o un apóstata de última hora, Abugattás la ha emprendido efectivamente contra los responsables del manejo económico de esta administración (“Castilla, Segura y todo ese grupito”, es como los ha denominado) y hasta ha llegado a sentenciar: “Los actos de corrupción vinculados a los ministerios de Economía [sic] nadie los toca, pero son enormes”.

Ahora, si bien decir que estos asuntos han merecido su queja durante estos cinco años (en los dos primeros de gobierno y, sobre todo, mientras fue presidente del Congreso no se lo escuchó lamentarse mucho al respecto) es un tanto exagerado, no se puede negar que en algunas votaciones en el Legislativo, Abugattás –al igual que varios otros congresistas del oficialismo– se apartó de la posición defendida por el Ejecutivo.

Pero es cierto también que nunca esa discrepancia hizo crisis o fue lo suficientemente significativa como para que acarrease una ruptura como la que sus actuales palabras parecerían anticipar. No hay que olvidar que él está postulando a la reelección por el nacionalismo, y ni más ni menos que con el número 1 de la lista por Lima. Una imagen que vale mucho más que mil palabras de apostasía masculladas en los últimos días de un gobierno del que orgánicamente ha formado parte, y que parecen solo un intento agobiado –y por demás incoherente– de buscar los votos que le faltan donde los hay. Es decir, en la oposición.