Editorial: Cincuenta matices de naranja
Editorial: Cincuenta matices de naranja

Tentar la presidencia supone siempre hablarles simultáneamente a varios auditorios. Las curules congresales pueden ganarse apelando a un grupo específico de votantes –los jubilados, los trabajadores sindicalizados, los que promueven el matrimonio gay o quienes lo objetan, etc.–, pero para acceder a la jefatura de Estado se requiere mucho más que un bolsón de electores.

El problema es que, en ese afán de exhibir matices que cautiven a distintos sectores de la ciudadanía, el candidato o la candidata presidencial puede deslizarse a la contradicción e incluso al discurso que azuza la hostilidad de uno de esos segmentos de la población contra otro. Lo hemos visto en campañas anteriores y todo parece indicar que lo veremos también en la que recién se inicia.

Este fin de semana, por ejemplo, , la postulante de Fuerza Popular a la que muchos creerían la favorita de quienes promueven el crecimiento a través de la inversión privada, fue a la carga contra ‘las grandes empresas’ o las empresas privadas a secas.

Tras asegurar que estas respaldan a sus contrincantes, sentenció: “Yo soy muy crítica, porque donde han ocurrido los conflictos sociales las empresas privadas se han portado muy mal con la comunidad”. Y agregó que “los otros candidatos callan porque finalmente son sus representantes” y que a ella no le interesa que el gran empresariado la respalde porque tiene “el cariño del pueblo”, que será el que la lleve a la victoria... Poco faltó para que acusara a sus contendores de ser los candidatos de los ricos.

Sus palabras, como se ve, trazan un gaseoso esquema de lucha de clases, en que, al parecer, se tiene que estar o del lado de las empresas malvadas que han suscitado conflictos sociales o del lado del pueblo que dispensa afecto. Una vieja caricatura, en realidad, sobre la que han montado sus proyectos políticos una infinidad de aventureros populistas y demagogos a lo largo de la historia.

¿Toda gran empresa, en efecto, por el solo hecho de serlo resulta mala? ¿Habrá que tirarse abajo las economías de escala porque lo pequeño es bello? ¿O habrá que admitir quizá que, si actúan dentro de la ley –un requisito demandable a los grandes, a los medianos y a los chicos–, las grandes empresas pueden constituirse en fuente importante de empleo para la gente y en contribuyentes claves para el Estado? 

Y, por otro lado, ¿acaso allí donde se han producido conflictos sociales –digamos, , Espinar o Tía María– los manifestantes han interrumpido el tránsito, apedreado la propiedad pública y privada y hasta acabado con la vida de algunos agentes del orden a fuerza de cariño? ¿O se podrá reconocer que en muchos casos, para imponer su punto de vista, han subvertido violentamente un orden que la ley amparaba y que las autoridades no supieron hacer respetar?

El discurso de la candidata de Fuerza Popular ha sorprendido a muchos, pero tal vez valdría la pena notar que esta faceta no es completamente nueva dentro de la opción política que representa. El fujimorismo en sus inicios, antes incluso de ser autoritario, fue populista. La campaña del ingeniero Fujimori en 1990, no lo olvidemos, se desarrolló bajo la bandera del ‘no shock’ y con consignas para estigmatizar el entorno social de la candidatura de Vargas Llosa que lindaban con el racismo. El eslogan “Un presidente como tú” (lo que suponía que el otro competidor en la segunda vuelta no lo era) y la descripción de la plancha de Cambio 90 como “un chinito y dos cholitos” (que apuntaba en el mismo sentido) son buenos ejemplos de ello.

Sin embargo, tras un paso por el poder que supuso, entre muchas otras cosas, la puesta en marcha de la estabilización económica y una sucesión de gabinetes integrados por personas que parecían extraídas de los viejos equipos de plan de gobierno del Fredemo, se podía imaginar que, por lo menos, parte de ese ingrediente maniqueo habría sido dejado de lado por el fujimorismo. Pero, a juzgar por la última intervención de su lideresa, no es así.

A la demagogia de asuntos como su cambio de posición sobre la ‘ley pulpín’ o su respaldo a la opción de que administre el famoso lote 192, Fuerza Popular ha sumado ahora –por boca de su candidata presidencial– una gruesa satanización de la empresa privada que sugiere que en el permanente empeño de ofrecer nuevos matices del naranja puede acabar con el polo rojo encima. Una perspectiva inquietante en quien encabeza las encuestas.