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Editorial: Construcción creativa

La innovación y el crecimiento empresarial dependen mucho de las personas y del ambiente de negocios.

Editorial: Construcción creativa

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IKEA es una empresa sueca enormemente exitosa con 353 tiendas en 46 países. Una de las principales razones de su popularidad fue su capacidad de innovación: la compañía fue la primera en vender a gran escala muebles empacados en cajas para que sus clientes los armen en sus hogares, de modo que facilita su transporte y reduce los costos de almacenamiento. Ingvar Kamprad, fundador de IKEA, tuvo la idea luego de ver a uno de sus colaboradores desarmar una mesa para trasportarla en un automóvil y llegar a una sesión de fotos de los productos de la tienda.

IKEA no es –ni de cerca– la única empresa global que empezó ascenso vertiginoso con ideas innovadoras que rompieron paradigmas del mercado. Entre los ejemplos se cuentan compañías de la talla de McDonald’s, Apple y Google, todas firmas que empezaron con capitales pequeños y que, gracias a la capacidad de innovación de sus fundadores de identificar maneras eficientes de cubrir las demandas de sus potenciales clientes, alcanzaron escalas enormes, creando miles de empleos en el camino y contribuyendo a la productividad de la economía.

Ninguna de estas compañías requirió en sus inicios de grandes cantidades de inversión en investigación y desarrollo (I+D) para ser exitosas. Y los ejemplos usados no son solo casos aislados de innovación común llevada a gran escala. De acuerdo con un estudio de Amar Bhide, profesor de la Universidad de Tufts, solo el 4% de las empresas encontraron sus ideas de emprendimiento a través de un proceso sistemático de oportunidades de negocio. Por el contrario, 71% de ellas adaptaron o modificaron lo aprendido en trabajos anteriores, y el 20% de ellas concibieron las ideas de negocio de forma natural o espontánea.

En un contexto en el que la necesidad de innovación y registro de patentes domina parte de la discusión sobre políticas públicas en el Perú, es vital mantener una correcta perspectiva de los verdaderos motores de los emprendimientos empresariales y de la creación de valor. Como mencionó el economista Xavier Sala i Martín en su reciente intervención en el foro de la Alianza del Pacífico, si la inversión formal en I+D fuese la clave del desarrollo, entonces Israel –que es la nación que más invierte en ello– sería también uno de los países más desarrollados, en vez de tener un nivel de riqueza por debajo del promedio de la OECD.

Si bien la promoción del Estado de la inversión en I+D y de la difusión de tecnología a través de los llamados Centros de Innovación Tecnológica (Cites) puede ser eficiente, lo realmente importante es desarrollar un sistema que fomente y facilite el emprendimiento productivo y la transición de empresas pequeñas e informales a empresas medianas y formales. Aquí es donde se encuentran los determinantes reales de la prosperidad empresarial y la creación de riqueza.

El Estado tiene, por tanto, dos tareas principales y urgentes que resolver para promover el desarrollo de nuevos negocios. La primera es levantar el sinfín de trabas que impone al crecimiento de la actividad privada. Desde las políticas laborales que limitan la flexibilidad del mercado hasta la maraña de permisos municipales, pasando por la supervisión de un número creciente de organismos públicos y la Sunat, los emprendedores enfrentan un Estado que parece colocarse en su contra en vez de promover el desarrollo de negocios de los cuales es socio a través de los impuestos.

La segunda tarea pendiente para fomentar la productividad y la innovación es mejorar la calidad de la educación que recibe la mayor parte de la población. Un país mejor educado es un país con personas capaces no solo de concebir ideas originales de emprendimiento, sino también con la habilidad de llevarlas a cabo. El Ministerio de Educación está dando pasos importantes para ello –por ejemplo, a través de los procesos meritocráticos aplicados a los docentes y la mejora de la infraestructura educativa–, pero aún quedan grandes retos.

Es, a fin de cuentas, la innovación productiva de los ciudadanos comunes y corrientes –y no tanto aquella promovida desde los departamentos de I+D– lo que explica la mayor parte de la productividad de los países. Si queremos que nuestro técnico en computadoras de preferencia tenga la oportunidad de fundar el próximo Apple y nuestro carpintero de barrio el próximo IKEA, la facilidad para abrir y operar una empresa formal y las habilidades de los peruanos serán el componente fundamental.

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