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Editorial: Sin cuartel

El proceso disciplinario que devino en la renuncia de Yeni Vilcatoma no tenía que ver solo con “actitudes poco fraternas”.

Editorial: Sin cuartel

Editorial: Sin cuartel

A menos de dos meses del estreno del nuevo Congreso de la República, ninguna de las tres bancadas con mayor representación en el hemiciclo (Fuerza Popular, Frente Amplio y Peruanos por el Kambio) ha estado exenta de disputas internas, cuyas manifestaciones públicas han suscitado dudas acerca de su cohesión.

Las pugnas que durante la última semana tuvieron como protagonistas a los congresistas de Fuerza Popular (FP) culminaron ayer con la renuncia de Yeni Vilcatoma a la bancada fujimorista.

Bien conocidas eran ya algunas desavenencias internas con ocasión de la moción de la ex procuradora para que la Comisión de Fiscalización que ella presidía investigue a Nadine Heredia por presunta usurpación de funciones, y por la concurrencia de las iniciativas legislativas presentadas por los parlamentarios Osías Ramírez y Mártires Lizana para la creación de una procuraduría general que hubieran competido con el proyecto de ley que antes había enviado la congresista Vilcatoma. 

Los acontecimientos de la última semana, no obstante, terminaron por revelar algo más que la fragilidad de las relaciones entre la ex procuradora y algunos de sus ahora ex compañeros de bancada, por lo que vale la pena recordarlos sucintamente. 

A raíz de su disconformidad con el orden de la agenda que había dispuesto su ex compañero de bancada Miguel Torres en la Comisión de Constitución, Vilcatoma protestó por que se discutieran las iniciativas acerca del transfuguismo parlamentario antes que su propuesta-bandera sobre la procuraduría. En esa misma oportunidad, fustigó a la también congresista de FP Úrsula Letona: “No me sorprende que la congresista Úrsula Letona quiera petardear mi proyecto”. 

A este intercambio le siguieron una serie de llamados a la calma por parte de los integrantes de la agrupación naranja. Así, hubo quienes buscaron restarle importancia al incidente. “No le estamos dando ninguna trascendencia a ese tema, lo que pasó, ya pasó ayer”, aseveró Lourdes Alcorta, mientras que Karla Schaefer manifestó que su bancada estaba “superunida”. Y otros quisieron simbolizar la discusión como una muestra de la libertad de opinión de la que gozaban sus parlamentarios. “Esto evidencia que en Fuerza Popular no somos un cuartel”, llegó a afirmar la propia Letona.

Una nueva confrontación, sin embargo, demostró que la situación era bastante más grave. La congresista Vilcatoma presentó una denuncia contra su colega Héctor Becerril ante la Comisión de Ética, puesto que este último “de manera ofuscada y en tono amenazante” la habría coercido a no volver a programar sesiones continuadas en la Comisión de Fiscalización que ella dirigía, bajo apercibimiento de “plantear cuestiones previas en cada oportunidad con la finalidad de frustrarlas”. Y aunque el aludido congresista ha rechazado tal acusación, la señora Vilcatoma se reafirmó en ella, incluso después de su renuncia. 

La reacción de la cúpula fujimorista no se hizo esperar y el mismo día de la acusación de Vilcatoma, la Mesa Directiva de la “Bankada” –incluyendo a la lideresa del partido, Keiko Fujimori– acordó convocar una reunión para iniciar un proceso disciplinario contra la señora Vilcatoma, una decisión motivada por sus “actitudes poco fraternas”, según explicó Daniel Salaverry, uno de los firmantes de la resolución.

A estas alturas, resulta bastante evidente que el problema era más profundo que una simple discrepancia o un malentendido. Pues, o bien la señora Vilcatoma había acusado falsamente a uno o más congresistas de FP, lo cual probablemente hubiera desembocado en su expulsión de la “Bankada”; o la ex procuradora decía la verdad y, en ese caso, la actitud de los líderes de FP sí era la de un cuartel que toma represalias contra uno de sus insurrectos oficiales.

Y aunque el asidero de las acusaciones de la señora Vilcatoma todavía estaba por dilucidarse, el hecho de que fuera ella –la presunta agraviada– y no el presunto ofensor quien haya terminado con un proceso disciplinario en su contra, muestra que la palabra del congresista Becerril gozaba de mayor credibilidad en el partido –más aun si, hasta ese momento, como Vilcatoma afirmaba, su versión de los hechos no había sido aún escuchada–. Y que el respeto a las jerarquías ocupa un lugar preponderante en la escala de valores dentro del fujimorismo. 

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