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Editorial: Los dioses sangrientos

Hace pocos días, por ejemplo, Yehude Simon, tuvo problemas para admitir que Mao fue un criminal tan abominable como Hitler.

Redacción

Editorial: Los dioses sangrientos

Editorial: Los dioses sangrientos

La cercanía de las elecciones del 2016 ha comenzado a producir movimientos nerviosos a lo largo de todo el espectro político nacional. En muchos sectores se barajan ya informalmente posibles alianzas o frentes y hasta nombres de candidatos; y el que tradicionalmente se identifica con la izquierda no es una excepción.

Las organizaciones que reclaman para sí esa etiqueta, tengan o no inscripción electoral, han empezado una lenta danza de aproximaciones y exclusiones en la que la ‘performance’ de cada quien en el pasado reciente cobra una importancia central.

El ex sacerdote Marco Arana, líder de Tierra y Libertad, ha declarado, por ejemplo, con respecto al dirigente máximo del Partido Humanista, Yehude Simon, que “no hay alianza posible con el responsable del ‘baguazo’”. Como se sabe, Simon era presidente del Consejo de Ministros del gobierno anterior cuando ese luctuoso episodio se produjo y tuvo que renunciar poco después.

Del mismo modo, la participación de algunos de los integrantes de Ciudadanos por el Cambio en la administración humalista y la opinable gestión de Susana Villarán –cabeza visible de Fuerza Social– en el municipio de Lima pesarán sin duda en la elección de compañeros de baile que tendrá lugar en la izquierda en los próximos meses.

La consideración que sin embargo suele brillar por su ausencia en estas evaluaciones mutuas de los potenciales socios de una alianza ‘progresista’ – una calificación cuya exactitud valdría la pena discutir en otra ocasión– es la devoción que varios de ellos profesan todavía a los ‘tótems’ históricos del comunismo en el contexto internacional.

Por supuesto que, a más de 25 años de la caída del Muro de Berlín y tras el reguero de muerte que dejó en nuestro país el intento de llevar “la guerra popular del campo a la ciudad”, ningún líder o movimiento es tan necio como para identificarse abiertamente con la morralla de dictadores y asesinos masivos que conforma la sección más radical del panteón marxista. Otros eran los tiempos en los que Alfonso Barrantes se definía como ‘estalinista’ o Patria Roja dejaba asomar la silueta de Mao en sus panfletos.

Pero aun ahora basta rascar un poco la superficie del discurso de respeto a la democracia liberal y los derechos humanos que practican los voceros de esos sectores políticos para descubrir una profunda renuencia a renegar de sus viejos ‘héroes’ o dioses ideológicos. En una entrevista televisiva concedida hace pocos días, por ejemplo, Yehude Simon, tuvo problemas para admitir que Mao fue un criminal tan abominable como Hitler. “No va a comparar el nazismo con el maoísmo –le dijo al entrevistador–; son cosas diferentes”. Y luego, confrontado con las pilas de cadáveres que pesan sobre las espaldas del iniciador de la revolución china (los cálculos más conservadores le atribuyen 49 millones de muertos, producto de sus purgas y sus ‘programas sociales’), alegó: “Hay que diferenciar la Revolución Cultural de lo que significó la liberación de la China feudal”.

Y claro, por ese camino, puede llegarse a plantear diferencias entre el Hitler de ‘la marcha sobre Berlín’ y el de ‘la solución final’… En el caso de Stalin, dicho sea de paso, los mismos cálculos conservadores –en los regímenes totalitarios siempre es difícil conseguir cifras exactas– hablan de 20 millones de víctimas, entre las que ocasionaron sus propias purgas (conocidas como ‘el gran terror’) y sus experimentos de ‘ingeniería social’, como el que concluyó con la hambruna en Ucrania.

Pero, a decir verdad, no se trata aquí de hacer escarnio de Simon y su candorosa transparencia. La visión tuerta de las tiranías asesinas en el mundo está muy difundida en la izquierda marxista o apenas reformada en el país. Y conforme los casos son más cercanos –en el espacio y en el tiempo– los deslindes se hacen más débiles y eventualmente, invisibles.

Mencione usted en una reunión de Ciudadanos por el Cambio a Fidel Castro –en su caso los cálculos hablan ‘solo’ de 5.700 muertos, pero hay que tener en cuenta que él ejerció su poder despótico en una pequeña isla–, a ver cuántos de los asistentes están dispuestos a condenarlo con el mismo rigor que a los dictadores Augusto Pinochet o Rafael Videla.

Y si los evocados son el ‘Che’ Guevara (responsable de al menos 79 fusilamientos durante el tiempo que estuvo a cargo de ‘La Cabaña’ en Cuba) o Hugo Chávez (62 muertos solo en las protestas antigubernamentales), prepárese para escuchar palabras de reverencia. Porque los dioses sangrientos, como se sabe, exigen tributo igual que todos los otros.

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