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Editorial: Un discurso con mensaje

El presidente no podrá “cumplir” dando un discurso como el del 2013 si es que quiere parar la desaceleración económica. 

Redacción

Editorial: Un discurso con mensaje

Editorial: Un discurso con mensaje

La última vez que el presidente Humala dio su mensaje a la nación un 28 de julio tenía bajo su gobierno a un país que, aunque menos que antes, crecía lo suficiente para continuar reduciendo la pobreza – que para fines de ese año bajaría hasta el 23,9% de la población– y generando clase media. El presidente, pues, podía mal que bien darse el lujo de hacer un discurso-lista en el que no transmitiese nada en especial.  Al fin y al cabo, como acertadamente lo dice el refrán anglosajón, cuando las cosas van bien, “la ausencia de noticias es una buena noticia”.

Mañana lunes, sin embargo, el presidente enfrentará una situación muy distinta. La inercia ahora juega en su contra. Por primera vez en mucho tiempo este año el Perú crecerá bastante menos que lo necesario para crear puestos de trabajo para las 360.000 personas que anualmente se unen a su mercado laboral. En otras palabras, por primera vez en largo tiempo este año nuestra economía creará desempleo y,  muy probablemente, por tanto, también pobreza.

Este lunes, entonces, el presidente no podrá “cumplir” dando un discurso como el del 2013. No al menos si es que quiere ayudar a parar la inercia hacia atrás que hoy rige nuestra economía y cambiarla, nuevamente, por vientos favorables. Particularmente, considerando que este retroceso es, en parte, responsabilidad de su propio gobierno, por mucho que este culpe principalmente a la caída de los precios de los minerales. Como bien lo ha sostenido Roberto Abusada en estas páginas, la inversión privada (que explica el 80% de nuestro crecimiento) ha caído desde 13,3%, en que, en promedio, venía creciendo anualmente durante los últimos 10 años, hasta el 0%, en que ha crecido en la primera mitad de este año, pese a que los precios de los metales, no obstante su descenso, siguen por encima del promedio que tuvieron en la referida década. 

Por otra parte, la caída de los precios de estas exportaciones se hubiese podido ver compensada por un aumento de nuestra producción si proyectos como Conga hubieran podido prosperar y si, gracias al ‘espagueti’ de 180 diferentes normas que las regulan, las inversiones mineras en general no tardasen largos años en poder pasar de la etapa de exploración a la de explotación.

 También hubiera ayudado mucho al crecimiento si en el transcurso de estos tres años, el gobierno no hubiera dado una serie de normas y medidas abiertamente intervencionistas que van desde el mercado de la educación (en todos sus niveles) hasta el de la “comida chatarra”, pasando por los sectores farmacéutico, de seguros, previsional, hidrocarburos, telecomunicaciones y varios más, cada una de las cuales en su momento hemos criticado en este mismo lugar. Esto, para no hablar de momentos en que el gobierno, pareciendo querer deshacer con una mano todo lo bueno que hacía con la otra, anunciaba que el Estado compraría Repsol y sería grifero; o de todas las declaraciones en las que el presidente hacía cosas como llamar a Hugo Chávez un “modelo a seguir”, afirmar que su gobierno buscaba un intermedio entre el “modelo” de los setenta (léase Velasco) y el actual, o asociar – como hace muy poco, en Talara– la “dignidad nacional” con la existencia – y el tamaño– de las empresas estatales. 

La buena noticia es que el camino que requiere nuestra economía para lograr revertir inercias y devolverle a nuestro crecimiento una dimensión que le permita seguir reduciendo la pobreza y cambiando al país no es un misterio: necesitamos hacer que a la inversión privada de todos los tamaños le convenga apostar por el Perú más que ir a otros lugares y, por cierto, más que dormir en los bancos o bajo los colchones a la espera de mejores momentos. Y para eso, claro, no podemos seguir teniendo un régimen laboral tan rígido que condena a los empleadores del 68,7% (según la OIT) de nuestros trabajadores a existir en la informalidad; una presión tributaria real que está 10% por encima del promedio mundial (siendo cargada por una minoría de empresas); o una carga de trámites, por ejemplo, para abrir y cerrar negocios, que demoran y cuestan alrededor del doble que el promedio de los 34 países más desarrollados en el mundo. 

Ello, para no hablar de continuar con reformas de más largo plazo pero igualmente esenciales para que el crecimiento sea sostenible, como las del servicio civil y el sector salud (donde el gobierno ha hecho cosas importantes que prometen buenos resultados), la de la educación (donde la meritocracia aún está por comenzar a funcionar) o la de la brecha de infraestructura (en la que parece estarse priorizando proyectos sin más sentido que el político).

Desde luego, echar por la borda las sobrecargas que hoy en día impiden avanzar al barco nacional a la velocidad que requiere no es una tarea que pueda realizarse sin resistencias. Pero sí es una tarea que puede dar enormes frutos y, ciertamente, hacer la diferencia para que el Perú siga siendo en los próximos años un país que reduce sistemáticamente su pobreza en lugar de uno que empiece de nuevo a verla crecer.

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