Pedro Cateriano solo obtuvo 37 votos a favor en el Congreso. Ayer, su sucesor, Walter Matos, logró 115. (Fotos: PCM).
Pedro Cateriano solo obtuvo 37 votos a favor en el Congreso. Ayer, su sucesor, Walter Matos, logró 115. (Fotos: PCM).
Editorial El Comercio

No deben de ser pocos los ciudadanos que hayan escuchado los dos discursos que, con apenas una semana de separación, pronunciaron y y haberse preguntado, no solo ya si estamos ante un mismo Gabinete Ministerial (al fin y al cabo, ocupan exactamente la misma cartera que ocupaban siete días atrás), sino si estamos ante un mismo Gobierno.

No nos referimos, por supuesto, a lo que, con sus palabras, cada ministro reconoció que sería la prioridad de su gestión: el control de la pandemia. Si Cateriano, por ejemplo, afirmó que “nuestro principal objetivo, como Gobierno, es luchar frontalmente contra la pandemia”, Martos lo formuló de la siguiente manera: “La prioridad de mi gestión es, sin lugar a dudas, la lucha contra la pandemia”.

Tampoco nos referimos al tema de la salud, pues ambos coincidieron aquí en muchos puntos: el esfuerzo para ‘sincerar’ las cifras de fallecidos por COVID-19, las gestiones para obtener la vacuna pronto, el incremento de camas en hospitales, la aplicación de pruebas rápidas para el personal del INPE y para todos los internos de los penales del país antes de octubre, etc. Aunque hubo también un espacio para la novedad. Según Martos, por un lado, en el Consejo de Ministros de hoy se aprobará un decreto supremo con “medidas complementarias” para “disminuir la tasa de exposición y cortar la cadena de contagio” (algo que la ministra Pilar Mazzetti ya venía anunciando ante el alarmante incremento de casos) y, por el otro, en 15 días hábiles se definirán qué municipalidades distribuirán gratuitamente protectores faciales adquiridos por más de S/45 millones para los usuarios del transporte terrestre.

Pero es en el campo económico en donde los discursos empiezan a bifurcarse. Y uno no puede dejar de preguntarse si todo lo que anunció hace siete días el ministro Cateriano, por ejemplo, en torno de la minería (con montos de inversión y con el énfasis en perseguir la versión ilegal de esta) y del impulso a sectores como el forestal y el comercio exterior, y a los que Martos no dedicó ni una línea, han sido borrados de la estrategia del Gobierno. Y, de la misma manera, si los proyectos de ley que Martos anunció para la “reestructuración financiera” de municipalidades en insolvencia o quiebra, o para estabilizar los recursos del canon, no existían para Cateriano. También llama la atención cómo si, para Cateriano, la inversión privada era “el motor fundamental del crecimiento económico sostenido”, para Martos esta ha quedado relegada a un puñado de asociaciones público-privadas y a seguir cumpliendo el Plan Nacional de Infraestructura para la Competitividad.

Así, es imposible no preguntarse si el presidente estaba convencido de las ideas que tenía Cateriano para la reactivación económica de la misma manera que –se supone– lo está ahora de quien será el encargado de ejecutar la visión que tiene para el país: el primer ministro Martos. Como es obvio, resulta poco creíble que haya estado convencido del planteamiento económico de ambos a la vez. Ello sería, como suele decirse, como tratar de soplar y sorber al mismo tiempo.

Por supuesto, no faltará quien reduzca el discurso de Martos a un mensaje político que tuvo como únicas destinatarias a las bancadas y como objetivo el voto de investidura. Pero si ello fuese cierto, entonces, lo que presenciamos ayer fue un discurso con una vigencia de unas cuantas horas y cuyo cometido se cumplió tan pronto como los legisladores empezaron a votar. Si la presentación del primer ministro era, en teoría, la que debía complementar o aterrizar –tan gaseoso en tantos puntos– del presidente Vizcarra, entonces se quedó corto.

Como sea, ahora que el Gabinete Martos ha recibido la confianza de los parlamentarios esperamos que comience a trabajar pronto para aclarar con sus acciones aquello que no quedó tan claro con sus palabras.