"El affaire ‘Swing’ es un nuevo capítulo de esta historia y el país requiere explicaciones serias. Para variar".
"El affaire ‘Swing’ es un nuevo capítulo de esta historia y el país requiere explicaciones serias. Para variar".

La semana pasada, un programa de espectáculos dio a conocer que el señor, conocido en la farándula con el apelativo de Richard Swing, había sido contratado por el para llevar a cabo “actividades motivacionales” por vía virtual durante el estado de emergencia nacional decretado ante la expansión del COVID-19. Según se explica, se lo convocó para mejorar el rendimiento de los funcionarios del sector y cobró S/30.000 por su trabajo.

Si bien la pertinencia de las responsabilidades asignadas al señor Cisneros puede ser cuestionada en sí misma, especialmente en este contexto, las verdaderas dudas conciernen a cuán calificado se encontraba para cumplirlas. De hecho, como algunos pueden saber, el referido personaje no ha destacado en los últimos años por su pericia como ‘coach’ emocional, sino por sus actividades musicales y por diversos escándalos mediáticos –que no reseñaremos– que le valieron la atención de los tabloides.

Poco después de que se diese a conocer esta información, y en lo que se distingue como un intento por paliar el escándalo que este vínculo le estaba empezando a suponer, el Mincul dio por terminada la relación contractual que mantenía con el señor Cisneros. Una medida que, aunque lógica, solo subrayó lo insólito de que se lo reclutase en un principio. En fin, si sus servicios se juzgaban esenciales, el más mínimo cuestionamiento hubiese tenido que motivar una defensa de parte de la cartera de la ministra y no una retirada.

Sin embargo, como se dio a conocer en los últimos días, la reciente participación del señor ‘Swing’ en el Gobierno no ha sido la primera. En efecto, entre julio del 2018 y abril del 2020 recibió nueve pagos del Mincul, por servicios que incluyen la ejecución y organización de eventos, la promoción de espacios culturales, shows por el Día de la Madre y Navidad, así como las mentadas charlas motivacionales. Servicios que, en total, le permitieron cobrar más de 175 mil soles del erario público. Una suma que hace urgente una explicación del Ejecutivo y por la que se hace pertinente que el Congreso busque interpelar a la señora Guillén.

Pero, por el momento, lejos de aclarar el panorama, las declaraciones del Ejecutivo lo han oscurecido. El lunes, por ejemplo, el presidente aludió al rol que tuvo el señor Cisneros en la campaña electoral del partido Peruanos por el Kambio (PpK) en el 2016, de la que el mandatario fue jefe. “Seguramente esa relación le ha permitido que tenga una participación en algún nivel de gobierno”, dijo.

La frase, no obstante, trae sus propias preguntas: ¿la contratación del animador se trató, entonces, de un favor político concedido por un otrora miembro de la campaña ahora en el Ejecutivo? Y de ser así, ¿de quién se trata? Ante esas dudas, empero, el momento en el que ‘Swing’ aparece en el Gobierno y lo que han declarado a este Diario quienes trabajaron en PpK durante los últimos comicios generales, le hacen un flaco favor al jefe del Estado. Cisneros fue llamado por primera vez pocos meses después de que Vizcarra asumiese el sillón de Pizarro –según la ministra de Cultura de esa época, Patricia Balbuena, sin su conocimiento– y nuestras fuentes dentro del equipo que se ocupó de la campaña ppkausa señalan al actual mandatario como la persona que lo acercó a la organización política. Esto sin mencionar que, como informamos ayer, el señor Cisneros visitó Palacio dos veces en el 2018 para “reuniones de trabajo” –una de las cuales fue con Miriam Morales, miembro importante del entorno presidencial–.

Desde que Martín Vizcarra asumió las riendas del Poder Ejecutivo, dos tendencias lo han acompañado: su insistencia en presentarse como el líder de una administración transparente y que lucha frontalmente contra la corrupción, y su aparente vocación por, en la práctica, hacer todo lo contrario. En los últimos años nos ha acostumbrado a reuniones clandestinas, con rivales políticos o para truncar el proyecto Tía María, y a cuestionables nombramientos –y defensas– de ministros empapelados en escándalos (Susana Vilca, Zulema Tomás, Edmer Trujillo, etc.). El affaire ‘Swing’ es un nuevo capítulo de esta historia y el país requiere explicaciones serias. Para variar.