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Editorial: El futuro de nuestro pasado

Los últimos incendios deben obligarnos a prestar atención al cuidado de nuestro patrimonio cultural.

Editorial

Incendio en Mesa Redonda

El incendio originado en un almacén de la cuadra 7 de Jirón Cusco, en Mesa Redonda, provocó cuantiosos daños. Este suceso se registró el pasado viernes, aproximadamente a las 5:38 p.m., según informó Los Bomberos. (Foto: GEC)

El viernes, un nuevo incendio se registró en la cuadra 7 del jirón Cusco, en Mesa Redonda, en el corazón del Centro Histórico de nuestra capital. Entre 30 y 40 inmuebles se habrían visto afectados en lo que, para muchos limeños, es una historia repetida. El siniestro, felizmente, no cobró la vida de ningún ciudadano.

Esta misma semana, ante la mirada atónita de París y el mundo, la emblemática catedral de Notre Dame también ardió en llamas. Por horas, el edificio gótico lució una corona de fuego que causó el colapso de su techo y el derrumbe de su aguja. Un aproximado de 450 bomberos logró apagar el incendio y salvar buena parte de la estructura de piedra, así como la mayoría de las reliquias que el templo protegía. A pesar de ello, el daño causado fue invaluable.

En ambos casos, aunque en medidas y por razones diferentes, las personas nos vemos obligadas a ver cómo la destrucción amenaza la historia. En lo que respecta a Mesa Redonda, la informalidad y la falta de previsión nos recuerdan los peligros que penden sobre nuestro patrimonio en el Centro Histórico. Con lo ocurrido en Notre Dame, nos hacemos conscientes de la fragilidad de lo que a veces creemos que durará para siempre. Los dos hechos nos llaman a reflexionar sobre cómo proteger aquello que debería ser importante para todos nosotros.

Esto se hace especialmente relevante si se toma en cuenta que en nuestro país no son inusuales este tipo de sucesos. Hace menos de tres años, la iglesia de San Sebastián en la región Cusco sufrió un incendio que diezmó el 80% de su presbiterio, el 60% de su nave central y todo su altar mayor, hecho de cedro y pan de oro. En Lima, apenas en octubre del año pasado, en la plaza San Martín, el fuego consumió gran parte del edificio Giacoletti, una estructura con más de 100 años de antigüedad.

Con esto en mente, es crucial que nos hagamos conscientes de los riesgos que actualmente ponen en peligro nuestro patrimonio. El panorama, lamentablemente, no es alentador. Por ejemplo, según declaraciones del ex gerente de Defensa Civil Mario Casaretto a este Diario, en el Cercado de Lima existen 1.500 inmuebles considerados en riesgo; de estos, “un 80% u 85%” son catalogados como patrimonio cultural. Por otro lado, según la ex ministra de Cultura Patricia Balbuena, cuando se le consultó el año pasado sobre el estado de nuestros museos con ocasión del incendio del Museo Nacional de Brasil, de los 56 registrados en el Sistema Nacional de Museos, solo ocho cuentan con certificado de seguridad de defensa civil.

Mención aparte merece el Archivo General de la Nación, una institución que, como hemos comentado desde esta página, está amenazada por diversos frentes –posibilidad de incendio e inundación y el robo de algunos de sus documentos–, y, con ella, los miles de legajos históricos que contiene, algunos de los cuales se remontan al siglo XVI.

Es cierto que estas tragedias pueden darse incluso cuando las medidas preventivas han sido tomadas –lo ocurrido con Notre Dame se da, justamente, cuando estaba siendo refaccionada–, no obstante, es obvio que si estas no se ejecutan, las posibilidades de una desgracia se multiplican. En el caso de Mesa Redonda, esto último se combina con una pobre fiscalización de parte del Estado, que debería cerciorarse de que se cumplan las medidas preventivas especialmente cuando están en juego edificios que entrañan o contienen nuestro patrimonio histórico.

Al mismo tiempo, ninguna medida que procure la preservación de lo nuestro debería ser descartada por prejuicio o necedad, como por ejemplo la participación del sector privado en el proceso. El presupuesto asignado para la “puesta en valor y uso social del patrimonio cultural” apenas supera los 220 millones de soles, una cifra que, si se divide entre los miles de monumentos y espacios arqueológicos que existen en nuestro país, difícilmente alcanza para prestarles la atención que merecen.

Dicho esto, solo queda insistir en que es urgente que se tomen acciones para evitar eventos como los descritos. Es clave que nos preocupemos por la seguridad de nuestro patrimonio para que este nos trascienda y nutra a las próximas generaciones.

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