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Editorial: Interpelación: Un gran espectáculo

No es únicamente la actitud del ministro la que es reprobable, sino también la de los congresistas.

Redacción

Editorial: Interpelación: Un gran espectáculo

Editorial: Interpelación: Un gran espectáculo

Como ya nos tiene acostumbrado, el ministro del Interior, Daniel Urresti –esta vez en complicidad con el propio Congreso de la República–, volvió a armar un show mediático durante las largas horas de su interpelación el jueves. Este comenzó desde antes de que entrara al Palacio Legislativo, pues en sus puertas ya lo esperaba una animada portátil de seguidores, quienes muy entusiasmados mostraban su gran admiración por el ministro mediante carteles en que se leía: “Apoyamos su trabajo” y “Gracias, Tío Urresti”.

Una vez iniciadas las preguntas del pliego que pedía al ministro –entre otras cosas– que respondiera por las inverosímiles cifras que ha venido presentando en los pocos meses que lleva en el cargo y por las acciones (o inacciones) de su cartera para combatir el grave problema de la delincuencia en nuestro país, la novela no hizo más que continuar. El señor Urresti empezó su presentación asegurando que su interpelación se debía al artículo de un “indeseable” (refiriéndose a nuestro columnista Fernando Rospigliosi, quien reveló en estas mismas páginas que, a diferencia de lo que dio a entender Urresti, una incautación de coca en Barranca fue en realidad una incautación de yeso…). 

Lo cierto es que, más allá de esta tragicomedia, el ministro Urresti se fue por las ramas en muchas de las preguntas de los congresistas, sin llegar a responder nada de manera clara. Así, por ejemplo, cuando se le preguntó si verificó la información que le dio la Policía Nacional sobre la ya mencionada operación en Barranca, el ministro del Interior indicó simplemente que no tiene tiempo para hacer ese tipo de cosas. “La policía es la encargada de recopilar y procesar la información […] Yo lógicamente creo en la Policía Nacional […] no tengo tiempo para ponerme a verificar”, señaló. 

Es cierto que el ministro Urresti, que hasta ahora no parece tener en mente ninguna reforma integral de la policía, al menos se esforzó durante la interpelación en mencionar algunos de sus logros y sus futuros proyectos. Por ejemplo, aseguró estar esforzándose en mejorar las bases de datos que permitan monitorear los delitos que se cometen a diario, haber ordenado la compra de más de 11 mil computadoras para las comisarías del país que hoy no cuentan con equipos y la pronta licitación para la banda ancha que proveería a las comisarías de Internet. “Sin embargo, esto no les interesa”, agregó sobre estos dos últimos proyectos. 

El ministro se equivoca: sí nos interesa y muchísimo. El problema es que la experiencia nos indica que es mejor no dar crédito a anuncios hasta que no los veamos hechos realidad. Su despacho había anunciado, por ejemplo, que la remodelación de las comisarías se iniciaría en agosto, y aún nada. Sobre el 24x24, por otro lado, el ministro comenzó señalando que era importante eliminarlo, luego pasó a decir que no era prioritario y ahora simplemente asegura que no hay recursos.

Sin embargo, no es únicamente la actitud del ministro la que es reprobable, sino también la de los congresistas. Durante la intervención del primero pudimos escuchar, por ejemplo, al congresista Héctor Becerril, quien desde su escaño y sin respetar las invocaciones para llevar a cabo un debate alturado optó por llamar al ministro “mitómano compulsivo”. Asimismo, observamos cómo el congresista Kenji Fujimori se refería al ministro como al “Batman Caballero de la Noche”, señalando que tenía la actitud de un “Guasón y pie de yeso”. (El ministro, dicho sea de paso, contribuyó al show respondiendo que le gustaba el apodo de Batman, pero que no sabría cómo interpretar el tema del Guasón ni “tampoco lo del pie de yeso”, lo que desató la carcajada de los parlamentarios). Y a la presidenta del Congreso, Ana María Solórzano, le quedó grande su función: fue incapaz de poner orden en más de una ocasión a pesar de que los congresistas y el propio ministro tuvieron que pedírselo. Incluso en una ocasión la presidenta no pudo hacer más que suspender por 15 minutos la sesión por lo incontrolable que se había puesto.

A esto se suma que la señora Solórzano tuvo que, una hora y media después de iniciada la interpelación, suspender la sesión durante 30 minutos por falta de quórum reglamentario, lo que deja un mensaje evidente: al Congreso no le importa demasiado la seguridad ciudadana.

Con un ministro que más que seguridad causa incertidumbre y con un Congreso desinteresado, el panorama luce realmente desalentador. La delincuencia común, el sicariato, el crimen organizado y el narcotráfico crecen exponencialmente en nuestro país, y quienes deberían estar allí para combatirlos se encuentran entretenidos organizando espectáculos que, lamentablemente, solo sacan carcajadas a los delincuentes que amenazan las calles. 

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