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Editorial: Lista simbólica

La lista que postuló el Frente Amplio para la elección de la Mesa Directiva del Congreso simboliza más de lo que ellos creen.

Editorial

Frente Amplio presenta candidatos a Mesa Directiva

Ayer, la lista presentada por el Frente Amplio para presidir la Mesa Directiva del Congreso obtuvo solamente 11 votos, 15 menos que las papeletas en blanco. (Foto: Congreso de la República).

Foto: Congreso de la República.

El resultado de la elección que se celebró ayer en el Congreso para renovar la Mesa Directiva no fue una sorpresa. La amplia mayoría que ostenta Fuerza Popular en la representación nacional, sumada a los votos de las otras dos bancadas presentes en su lista, permitía anticipar un cómodo triunfo de Luis Galarreta, y eso fue exactamente lo que sucedió. La lista encabezada por él obtuvo 84 votos, de un total de 122 (8 congresistas no participaron en la votación). Hubo, sin embargo, también 26 votos en blanco, 1 voto viciado y 11 votos a favor de una segunda lista, presentada e integrada únicamente por legisladores del Frente Amplio (FA).

Un día antes, interrogado acerca de las motivaciones para lanzar a la compulsa una lista condenada inexorablemente a la derrota, el vocero y líder de Tierra y Libertad (la facción del FA que se ha quedado con la etiqueta y los derechos de la bancada tras la renuncia de los miembros del bloque denominado Nuevo Perú), Marco Arana, había aseverado: “La democracia y la política están hechas de símbolos fuertes, ¿no? Un político y una oposición democrática que no da batalla […] no es una oposición política digna de un Congreso y de un poder democrático”. Para finalmente agregar: “No es una lista solamente simbólica; es una lista, si quieren, más bien espartana”.

Y desde el punto de vista de las reglas del juego democrático y los derechos que asisten a todos los sectores presentes en el Parlamento, su razonamiento es consistente. Ante la circunstancia de que terminara cosechando una adhesión que no llegó ni a la mitad de la que obtuvo el voto en blanco y apenas superior al número de congresistas que la integraban, cabe preguntarse, sin embargo, si acaso la lista no resultó un símbolo de algo más que el pundonor combativo que Arana le atribuía.

Para responder esa pregunta, es relevante considerar que las bancadas de Acción Popular y Alianza para el Progreso fueron invitadas a participar en ella y declinaron la oferta. Y que, a diferencia de lo ocurrido el año pasado –cuando un esfuerzo similar del FA obtuvo 20 votos–, esta vez ni siquiera sus ex compañeros de Nuevo Perú los secundaron en el gesto político.

Aparte de los diez miembros supérstites del grupo parlamentario, solamente respaldó la lista encabezada por Hernando Cevallos la ex legisladora fujimorista Patricia Donayre.

¿Constituye ese cuadro el emblema de democracia que los voceros del FA quieren? Difícilmente, porque, lejos de ampliarse, la oferta que representa se está estrechando. En realidad, los miembros de la referida bancada se han venido aislando progresivamente a lo largo de este año en el Congreso. Por un lado, en votaciones sobre, por ejemplo, la situación en Venezuela o la designación del nuevo contralor (que han tenido lugar en comisiones y por ello no han sido tan notorias). Y por otro, en procesos como el que llevó al intento de expulsión de sus filas del parlamentario Richard Arce y que precipitó la ruptura final con el sector ‘mendocista’ de la bancada.

Votar de un modo singular y a contrapelo de todos los otros grupos parlamentarios, insistimos, es un derecho legítimamente ejercido por los representantes de esa opción política. Pero no por eso deja de graficar su soledad y la reducción del espacio que ocupa en el concierto de las fuerzas que compiten por expresar las aspiraciones y puntos de vista de las mayorías en el país. Un dato que, por lo demás, es consistente con su reclamo –abrumadoramente derrotado en las elecciones del año pasado– de que la Constitución vigente sea dejada de lado para sustituirla por otra que convierta sus ideas sobre el modelo económico y otras materias fundamentales en el paradigma al que todos tendríamos que adaptarnos.

El problema con los espartanos, como se recuerda, es que se destacaron en el cultivo de la guerra, pero no tanto en el de la democracia.

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