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Editorial: Las locas ilusiones

Lo que impulsa a postular a los candidatos presidenciales que luego se retiran no parece ser un proyecto de país.

Editorial: Las locas ilusiones

Editorial: Las locas ilusiones

El candidato presidencial del Partido Humanista, Yehude Simon, anunció ayer que está contemplando la posibilidad de dejar la carrera electoral. “En 10 días veremos cómo va la campaña y en función de eso tomaremos la mejor decisión para el partido y para el país”, ha declarado. Y como para que no quepan dudas sobre cuál sería la motivación de una decisión de ese tipo, ha reflexionado: “Somos conscientes de que si hoy día no pasamos la valla, vamos a desaparecer”.

Si finalmente optase por retirarse, no sería por cierto el primer postulante en hacerlo. Como se sabe, ya transitaron por ese camino Felipe Castillo, de Siempre Unidos, y –aunque las autoridades electorales le están haciendo difícil cumplir su deseo– Renzo Reggiardo, de Perú Patria Segura. Y no sería extraño que, en los próximos días o semanas, otros siguieran sus ejemplos. De hecho, desmentir rumores sobre eventuales retiros se ha convertido últimamente en una ocupación muy frecuente en varios de los aspirantes a la jefatura de Estado. 

Y aunque las explicaciones brindadas para el posible abandono giren por lo general en torno a materias tan graves como la presunta ‘contaminación’ del proceso electoral o la más mundana falta de recursos económicos para continuar en campaña, es evidente que lo que todos los candidatos que pasan por este trance tienen en común es su poca fortuna en las encuestas y la performance previsiblemente penosa que cumplirían el 10 de abril si sostuvieran su postulación hasta el final.

Vistos en conjunto, dan la impresión de un puñado de aventureros que, habida cuenta de la suerte que tuvieron en su momento Alberto Fujimori y otros que sin mayor aparato partidario captaron un respaldo aluvional en el tornadizo electorado peruano, decidieron jugarse la chance de ser quizá ellos los favorecidos esta vez por el azar. Y al poder anticipar ahora que su boleto no será el premiado, tiran la toalla para ahorrarse el fiasco y, de paso, salvar el símbolo partidario para alguna aventura futura.

De más está decir que están en todo el derecho de hacerlo. Pero es inevitable, al mismo tiempo, sacar una conclusión tan lógica como melancólica de la situación. A saber, que a pesar del énfasis que hacen permanentemente en la importancia de sus planes de gobierno y lo circunstancial de su liderazgo, tales candidatos han entrado en esta brega impulsados por un apetito de poder antes que por el afán de sacar adelante un proyecto de país. 

Si lo que los hubiese empujado a tentar el gobierno fuese efectivamente una visión que los trascendiera, a no dudarlo continuarían alentando la opción que lideran, pues cualquier pequeña conquista representaría un avance en el largo camino del que suelen hablarnos. Pero esos cometidos señeros, por lo visto, están bien para los discursos de inicio de campaña y nada más.

Los postulantes que empezaron esta carrera eran 19, pero la verdad es que nunca existieron en ella tantos proyectos de país en disputa. Apenas si se podía –y se puede– hablar de unas cuantas medidas articuladas en torno a temas como seguridad o crecimiento económico, que se repiten en términos similares o contrastantes en los planes de gobierno de tal o cual organización política. Y eso indica que lo que tuvimos desde el principio fue, más bien, 19 apetencias de poder. Es decir, locas ilusiones que ahora se ven desmentidas por las cifras y obligadas a la resignación.

Como se sabe, supuestamente contamos con un instrumento que busca desalentar la reiteración de este tipo de aventuras en futuros procesos: la valla electoral. Pero, lamentablemente, la incertidumbre reinante acerca de cuál de las leyes sobre el particular debe regir en los próximos comicios sugiere que esta vez no cumplirá su propósito, pues, como decíamos líneas arriba, un retiro ‘a tiempo’ podría todavía servir para salvar la inscripción para otra contienda. 

Nada nos impide, sin embargo, señalar desde ahora cuál es la verdadera naturaleza de cada una de esas postulaciones que hasta antes de ayer eran promesa de un nuevo horizonte para la patria y hoy, solo mellados proyectos personales que se sumen en las sombras a la espera de una mejor oportunidad.

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