Editorial: Lugar de la memoria
Editorial: Lugar de la memoria

La semana pasada, este Diario recibió una insólita notificación del juzgado mixto de Tocache. El juez Gilberto Cáceres Ramos había decidido admitir a trámite la demanda interpuesta por el señor Miguel Arévalo Ramírez en contra de varios medios de comunicación (que incluían además de El Comercio a “La República”, “Perú 21”, “Gestión”, “Trome”, “Correo”, Ojo Público, “Caretas”, “Hildebrandt en sus Trece”, América Televisión, Canal N, Willax TV y Cable Alfa Televisión).

La condición peregrina de la resolución judicial se debe a varias razones. En primer lugar, la pretensión judicial del señor Arévalo Ramírez –conocido como ‘Eteco’ en los documentos de inteligencia de la policía– consiste en que todos los medios de comunicación retiren de sus páginas web todas las investigaciones periodísticas que lo relacionan con mafias del narcotráfico en el valle del Alto Huallaga y con cárteles de la droga del extranjero desde los años 80, ello pese a la significativa cantidad de fuentes (muchas de ellas oficiales, como la Policía Antidrogas y la DEA de EE.UU.) que sustentan los reportajes. Y también que Google, el principal buscador de información en Internet, elimine cualquier referencia al señor Arévalo de sus resultados de búsqueda. Para efectos prácticos, la demanda del señor Arévalo Ramírez equivaldría a poner una mordaza para que la prensa no lo vuelva a mencionar, una venda para que todos los lectores no encuentren noticias sobre él y una dosis de amnesia para olvidar todo lo que se sabe acerca de él.

Quizás más sospechoso aun es que el magistrado Cáceres, en una resolución en la que únicamente debía decidir si admitía a trámite la demanda y se iniciaba el proceso judicial, ordenara a los medios periodísticos –como si se tratara de una sentencia final– que “cumplan dentro del plazo de tres días con lo solicitado en el petitorio”, es decir, eliminar cualquier huella del señor Arévalo en Internet. Esto sin antes dar oportunidad para que los medios de comunicación demandados se defendieran, ni exponer un solo fundamento para su decisión. Ante la evidencia de las graves afectaciones al debido proceso, el Poder Judicial anunció ayer, a través de sus redes sociales, que el juzgado mixto de Tocache había ya declarado nulo el ilegal requerimiento por tratarse de un “error material”.

Finalmente, llama la atención que el señor Arévalo, a pesar de residir hace varios años en Miami y en calidad de ciudadano norteamericano, haya decidido iniciar este proceso en la localidad de Tocache (luego de variar su domicilio hace apenas unos meses), y que su demanda haya sido firmada por el señor Juan Gabriel Alejandría Castro, actual regidor provincial de San Martín.

Más allá de todas las irregularidades que rodean a este caso, lo que está en juego es un asunto de suma importancia. Lo que pretende el señor Arévalo Ramírez, bajo la peligrosa idea de un supuesto “derecho al olvido” es destruir el derecho a la memoria que tiene cualquier sociedad y que los medios de comunicación cautelan poniendo a disposición de los ciudadanos toda la información que resulte de interés público.

La bastante criticada Ley de Protección de Datos Personales ha querido ser utilizada anteriormente, y de forma infructuosa, para limitar la libertad de prensa. Por ello, el Decreto Legislativo 1353 precisó que no se requiere contar con la autorización de una persona para utilizar sus datos personales cuando “se realiza en ejercicio constitucionalmente válido del derecho fundamental a la libertad de información”. Una verdad de perogrullo si se piensa en la alternativa: que un medio de comunicación se vea forzado a solicitar el permiso de una persona para incluirla en su cobertura periodística. Si así fuera, funcionarios, políticos y personajes públicos en general contarían con un arma nociva para evitar el escrutinio público y amordazar a los medios de prensa.

Quizá el señor Arévalo Ramírez, el juez Cáceres y otras personas desearían que los ciudadanos y la prensa no tengamos memoria, pero ese tipo de ambiciones aquí no tienen lugar.