Martín Vizcarra se desempeña actualmente como embajador en Canadá. (Foto: Archivo El Comercio)
Martín Vizcarra se desempeña actualmente como embajador en Canadá. (Foto: Archivo El Comercio)

Esta semana comentábamos en este Diario la suerte de ‘bullying’ a la que ha sido expuesto el primer vicepresidente en los últimos días por cierto sector del gobierno, que pregona que, en caso el presidente fuera vacado, Vizcarra debía renunciar “por lealtad” al mandatario. Con este poco recatado ejercicio de presión, olvidan los voceros oficialistas que el actual embajador en Canadá se debe primordialmente a la Constitución y al mandato popular de suceder al presidente de la República en caso fuera necesario. 

No ha sido aquel, sin embargo, el único tipo de condicionamiento que hemos presenciado recientemente. El otro mensaje ha venido de la oposición, en particular de la primera mayoría parlamentaria, y consiste en la idea de que solo con el cambio de Kuczynski por Vizcarra en el sillón presidencial se podría aspirar a la gobernabilidad y al progreso que el país tanto requiere. 

Ese es más o menos el tenor de las últimas declaraciones de varios representantes de Fuerza Popular (FP). “El señor Vizcarra […] le podría dar un mayor impulso a nuestro país”, señaló Keiko Fujimori en una entrevista televisiva y añadió que él “podría implementar mejor los cambios que los peruanos estamos esperando”. En el mismo sentido se han manifestado los legisladores Úrsula Letona (“[Vizcarra] es la mejor opción para saltar esta crisis de gobernabilidad”); Héctor Becerril (“Hay una alternativa mucho mejor que Pedro Pablo Kuczynski, y es Martín Vizcarra”); Rosa Bartra (“Si es que hay una vacancia y asume Martín Vizcarra, tenemos el deber de colaborar con él para que en el país ganemos todos”); y Miguel Torres (“Martín Vizcarra podría dar una oxigenación y un manto de confianza muy favorable a nuestro país que permita que aceleremos”, “[con él] la relación mejoraría muchísimo”), entre otros.  

Considerando los constantes conflictos que se han dado entre el Gobierno y el Parlamento durante los últimos 20 meses y que han bloqueado cualquier esperanza de reformas importantes en el país, parecería que FP estuviera ofreciendo un escenario más auspicioso si finalmente se vaca al presidente Kuczynski. Un razonamiento paradójicamente similar al que planteaban quienes, en sentido inverso, aconsejaban al presidente Kuczynski forzar la disolución del Congreso para buscar una conformación legislativa más afín a sus intereses. 

La verdad, en cambio, es que ninguno de los dos argumentos es válido ni mucho menos respetuoso de la ciudadanía. Pues, como hemos también afirmado en este Diario desde hace cerca de dos años, el mandato popular conferido por cinco años al Ejecutivo y Legislativo es de corresponsabilidad en el manejo del país. Y este no debería ser alterado por simpatías o antipatías políticas.  

Cabe preguntarse, además, por qué se podría esperar una colaboración entre los dos poderes del Estado solo si cambia la cabeza del Ejecutivo. ¿El vicepresidente Vizcarra no representa en buena cuenta las mismas ideas y políticas plasmadas en un plan de gobierno, por el cual él junto con Kuczynski y Mercedes Araoz pidieron los votos del electorado? ¿No ha sido el vicepresidente Vizcarra un miembro activo de la actual administración, desempeñando puestos importantes como ministro de Transportes y Comunicaciones y, actualmente, embajador en Canadá? Dicho en otras palabras, ¿acaso la gobernabilidad que ahora se ofrece al vicepresidente, no podría ser ofrecida también al presidente, en caso este supere el nuevo pedido de vacancia? 

Si la respuesta en tienda naranja fuera negativa, mostraría a la ciudadanía qué poco le importa el país. El mismo malestar que le produjo la pérdida de las elecciones presidenciales en el 2016 y que la llevó durante buena parte de los últimos dos años a una actitud confrontacional e irresponsable, se prolongaría durante el 2018 de no prosperar la moción de vacancia. 

Los bajísimos niveles de aprobación del Ejecutivo y el Legislativo (17% y 14%, respectivamente, según la última encuesta de Ipsos), y de los principales líderes políticos (19% de Kuczynski y 23% de Keiko Fujimori) deberían ser una señal suficiente para hacerlos recapacitar. El país no está para cargar con innecesarias pugnas políticas, ni la ciudadanía tiene por qué soportar pueriles chantajes de uno u otro lado.