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Editorial: Migraciones estacionales

Lo difícil de una reforma como la electoral, no obstante, no puede ser razón para desestimarla o postergarla indefinidamente

Redacción

Editorial: Migraciones estacionales

Editorial: Migraciones estacionales

En menos de un mes, dos congresistas –Sergio Tejada y Cecilia Tait– han renunciado a sus bancadas y, aunque su destino político no es todavía claro, no cabe duda de que pronto se incorporarán a otro grupo parlamentario. Se cumplirán así dos mudanzas de bancada muy noticiosas, pero que no serán ciertamente las primeras de este período gubernativo y mucho menos, las últimas. De hecho, la historia reciente nos enseña que, mientras más nos acerquemos al final de una administración, más frecuentes serán seguramente los trasvases de este tipo, lo que nos lleva a preguntarnos por las razones estructurales de estas migraciones estacionales.

La explicación más sencilla –y no por ello falsa– es que muchos de los parlamentarios cuyo mandato está por expirar quieren ser elegidos nuevamente para el siguiente período y, a fin de lograrlo, buscan desembarazarse de su vinculación con un partido o conglomerado que pueda haber perdido popularidad durante los últimos cinco años para saltar a otra organización cuya estrella esté en ascenso. A los que ensayan esta pirueta suele llamárseles tránsfugas y probablemente con razón, pues al abandonar una bancada abandonan también –y traicionan– la plataforma programática o ideológica a partir de la cual le pidieron a la ciudadanía su voto y fueron elegidos.

Menos justa, en cambio, es la utilización de ese mismo epíteto para aludir a aquellos legisladores que migran por el motivo exactamente contrario. Es decir, porque, a fin de ser consistentes con aquello que les ofrecieron a los electores durante la campaña, se sienten obligados a dejar una bancada o partido que ha mudado en el camino su orientación política. En esos casos, claramente, el tránsfuga es el partido.

La circunstancia que permite y hasta estimula estos dos fenómenos es, sin embargo, la misma y tiene que ver con nuestra legislación electoral. Esta, como se sabe, establece que la representación nacional sea elegida por un sistema proporcional de distritos departamentales que coloca a cada votante frente a una constelación de opciones en la que es fácil extraviarse. Sin ir más lejos, en los últimos comicios, 1.518 candidatos pujaron por llegar al Congreso, repartidos en 26 circunscripciones.

En Lima, concretamente, 6’745.985 ciudadanos se enfrentaron a la oferta de 468 candidatos para ocupar las 36 curules que corresponden a esa circunscripción. La consecuencia de ello fue doble: primero, que los limeños tuvieron que escoger –muchas veces en la cola que se forma frente a la cámara secreta– entre un universo de opciones imposible de abarcar. Y segundo, que los representantes así elegidos, conscientes de lo disperso del conjunto de votantes que los colocó en el Parlamento, actuasen frecuentemente con la indolencia y el descaro de quien no se siente fiscalizado. Cambiar de bancada traicionando postulados y propuestas sin arriesgarse demasiado a que el electorado los sancione la próxima vez que postulen, es precisamente una de las manifestaciones típicas del comportamiento que estas reglas de juego promueven.

La solución lógica al problema, por lo tanto, es cambiarlas; y hacerlo de un modo tal que los grupos de electores sean más reducidos y cada uno de ellos elija a un solo congresista: una forma segura de atar a cada representante con su representado. En Lima, por ejemplo, cada uno de los 36 parlamentarios sería elegido por una circunscripción distinta y sobre la base de un universo de propuestas abarcables. 

Asimismo, cada ciudadano sabría quién es su representante específico y vigilaría minuciosamente su proceder para no reelegirlo si obrase mal. Con esto, además, no solo se evitaría el transfuguismo individual, sino también el partidario, pues los miembros de todas las bancadas estarían interesados en permanecer fieles a sus ofertas programáticas originales para no enemistarse con sus votantes pasados y futuros.

Ahora, pasar del sistema de distrito plurinominal al de distrito uninominal –que tal es el nombre técnico de la reforma que hace falta– no es sencillo, porque supone también cambiar el sistema proporcional de mayorías y minorías que tenemos actualmente, por el mayoritario (en el que cada circunscripción está representada solamente por el legislador que obtuvo el mayor número de votos), y eso requiere a su vez  modificar la Constitución.

Lo trabajoso o difícil de una reforma como esta, no obstante, no puede ser razón para desestimarla o postergarla indefinidamente. Si dejamos que eso ocurra, la próxima vez que llegue la estación de las migraciones tendremos que limitarnos a observar el plácido cambalache de bancadas y lealtades que algunos congresistas practican con resignación y algo de culpa.

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