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Editorial: Pasaportes y salvoconductos

Sobre los distintos usos de la doble nacionalidad de un gobernante.

Editorial: Pasaportes y salvoconductos

Editorial: Pasaportes y salvoconductos

La noticia de que la señora Elena Tasso de Humala, madre del presidente de la República, tiene pasaporte italiano desde enero del 2013 y, en consecuencia, sus hijos están también en condiciones de solicitarlo, volvió a poner la semana pasada sobre el tapete la discusión acerca de los presuntos problemas y riesgos derivados de que un gobernante o un aspirante a serlo ostente una doble nacionalidad.

El recuerdo de la forma en que terminó el paso del ingeniero Alberto Fujimori por el poder y la manera en que se sustrajo por años al alcance de la justicia peruana al refugiarse en Japón han provocado en la ciudadanía una permanente suspicacia al respecto. Se teme, en general, que algún político con cuestionamientos legales pendientes en el país pudiera utilizar su pasaporte extranjero más bien como un salvoconducto que le permitiese también una huida.

Con esa inquietud en mente, en un artículo publicado el miércoles pasado en este Diario, la periodista Cecilia Valenzuela preguntó al actual jefe del Estado: “¿Ha tramitado, señor presidente Ollanta Humala, para usted y su familia la nacionalidad italiana, tal como lo han hecho varios de sus hermanos?”. Y solo un día después, la cancillería dio a conocer que, según información que le había sido remitida por la Embajada de Italia, ni el mandatario ni su esposa han solicitado la referida nacionalidad, despejando la incógnita.

El asunto de la doble nacionalidad en quienes ocupan posiciones de gobierno o postulan a ellas en el Perú, sin embargo, merece una reflexión antes de que la campaña presidencial se inicie, porque atañe a probables participantes en ella, como Pedro Pablo Kuczynski o Verónika Mendoza, y sería conveniente que las dudas sobre el particular queden aclaradas para dejar espacio a discusiones programáticas antes que biográficas.

Conviene señalar de antemano que, sobre este punto, la única exigencia que la Constitución establece para los candidatos a la presidencia es que sean peruanos de nacimiento, por lo que ni las personas mencionadas ni cualquier otra que compartiera su situación están impedidas legalmente de aspirar al cargo señalado. Los eventuales problemas para hacerlo, por lo tanto, no son legales y solo podrían existir en una dimensión política.

Cabe observar, en ese sentido, que hay una diferencia entre quienes adquieren una segunda nacionalidad por ‘derecho de sangre’ (es decir, por tener un antepasado cercano de ese origen que, de alguna manera, se lo ‘hereda’) y aquellos que lo hacen por un trámite abierto a cualquier persona. Digamos, entre Verónika Mendoza, que obtuvo el pasaporte francés porque esa era la nacionalidad de su madre, y el señor Kuczynski, que consiguió el estadounidense a través del procedimiento establecido en el país del norte para los migrantes de origen diverso que llegan a esa tierra y desean convertirla en su patria. 

Ambas vías son, desde luego, legítimas, pero mientras en la primera no se suele renunciar de palabra a la nacionalidad y la obediencia a las autoridades del país de origen, en la segunda, sí. Para adquirir la nacionalidad estadounidense, en concreto, hay que recitar una fórmula que incluye frases como: “declaro, bajo juramento, que absoluta y completamente renuncio y abjuro toda la lealtad y fidelidad a cualquier príncipe, potentado, Estado o soberanía a quienes haya estado yo sujeto o de los que haya sido ciudadano” [la traducción es nuestra]. Un juramento ciertamente paradójico para quien tiene la voluntad de asumir luego la conducción de unos de esos estados o soberanías.

¿Supone alguna de estas dos situaciones –o ambas– un problema político para tentar la presidencia en nuestro país? Eso depende del criterio de cada elector. Pero por lo pronto, por lo visto hasta el momento, ello puede ser una realidad palpable; sobre todo para aquellos que antes ofrecieron al electorado cambiar esa situación y no cumplieron con hacerlo.

No obstante, con prescindencia de la suerte que corra en la campaña cada uno de los candidatos que ostente una doble nacionalidad, lo realmente importante, como decíamos al principio, es lo que ese candidato pueda hacer con ella si triunfa y una vez que haya terminado su gobierno: el eventual uso del pasaporte extranjero para viajar con comodidad (una circunstancia que, por lo demás, tendría garantizada cualquier ex presidente) no es asunto que deba concernir a nadie más que al titular del documento. Lo que sí tiene que mantenernos vigilantes, en cambio, es la posibilidad siempre latente de que lo use como salvoconducto.

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