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Editorial: Ponle la cola al burro

Lo mejor que puede hacer el Estado para fomentar la innovación es no obstaculizar la inversión de las instituciones privadas

Redacción

Editorial: Ponle la cola al burro

Editorial: Ponle la cola al burro

Todos conocemos el juego ponle la cola al burro: el participante intenta colocar la cola al dibujo de un burro pegado en la pared con los ojos vendados. Y, como es obvio, en la mayoría de oportunidades la cola termina en la frente, el ojo o la pata del burro.

Pues bien, resulta que el gobierno ha decidido jugar un juego similar con la innovación tecnológica. El Concytec publicó hace unos días su “Estrategia nacional para el desarrollo de la ciencia, tecnología e innovación”, documento sujeto a consulta que plantea medidas que buscan objetivos muy ambiciosos: aumentar en 30% el número de investigadores en el país, en 70% el número de diseños industriales, en 16% el número de patentes y en 25% los modelos de utilidad. Entre esas medidas propuestas (que, según el Concytec, durante el 2015 costarían cerca de mil millones de soles), se encuentra el otorgamiento de incentivos financieros y beneficios tributarios a personas, instituciones y empresas que desarrollen labores valiosas de innovación “en aquellas áreas o sectores que por sus características puedan tener un potencial estratégico de desarrollo”. 

El problema es que el gobierno no tiene cómo saber dónde estaría colocando la cola a este burro. Y es que ¿cómo sabría a qué sectores y a qué empresas o instituciones beneficiar con incentivos financieros o tributarios? ¿Cómo determinaría, por ejemplo, si conviene más apostar por un proyecto para mejorar genéticamente los cuyes de criadero, uno para abaratar los costos de la fibra óptica u otro para desarrollar sistemas de riego más eficientes para los cultivos de alcachofa? El gobierno no tiene información para saber en cuál de estas alternativas (o de los otros millones de posibilidades disponibles) resulta más rentable invertir los recursos de los contribuyentes. Y es que (aun cuando se trate de funcionarios muy competentes que sepan mucho sobre ciencia, como varios de los que trabajan en el Concytec) no tiene cómo saber qué innovaciones demandan los millones de consumidores de los millones de productos existentes. De hecho, si los burócratas tuviesen tanto talento para detectar cuáles son las innovaciones que el mercado demanda, lo más probable es que estarían haciéndose millonarios desarrollando esas ideas en el sector privado. 

Los únicos que tienen un poco más de información sobre esto son los mismos empresarios que día a día tratan con los consumidores y que se dan cuenta de qué se vende y qué no. Y, de hecho, la información que ellos manejan es simplemente indiciaria, pues nadie sabe con certeza si una inversión en cierta innovación terminará siendo rentable o no. Apple, por poner un ejemplo, es probablemente una de las empresas más innovadoras del mundo y una de las que mejor conoce a sus clientes, pero durante su historia no ha estado libre de invertir numerosas veces en el desarrollo de tecnologías inútiles que el mercado ha descartado. ¿Cómo así el gobierno tendría un mejor olfato para detectar qué inversiones en innovación tienen sentido? 

Además, ¿por qué la sociedad tendría que asumir el riesgo de que la inversión en proyectos privados de innovación no prospere? Lo correcto es que el costo lo asuma la empresa o institución que se verá beneficiada si el proyecto triunfa.

Si el gobierno quiere fomentar la innovación, lo mejor que puede hacer es remover todas las trabas que él mismo pone y que impiden que los privados inviertan e innoven. En el Callao, por ejemplo, el concesionario de uno de los muelles lleva meses tratando de obtener una autorización para operar un centro de capacitación para los trabajadores del puerto, que estima se convertiría en el líder de la región. Y, en general, comenzar cualquier negocio –que puede involucrar muchas innovadoras ideas– es un suplicio debido al complejo marco tributario, la rígida regulación laboral y las asfixiantes normas sectoriales. ¿No estarían mejor utilizados los recursos del Concytec si se invirtiesen en destrabar las iniciativas que, a fin de cuentas, son las que llevan la innovación al mercado?

Finalmente, estimado lector, ¿no le parece indignante que el gobierno invierta recursos en jugar ponle la cola al burro cuando las comisarías se encuentran en estado calamitoso, la brecha de infraestructura es enorme, la educación pública es penosa y las colas de los hospitales gigantescas? ¿No nota un problema de prioridades?

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