Editorial: Un punto de luz
Editorial: Un punto de luz

La orden de prisión preventiva dictada anteayer contra el ex presidente Alejandro Toledo y los presuntos delitos que la motivan podrían parecer una mala noticia para el prestigio del orden institucional en el país. No solo porque estamos ante un segundo jefe de Estado que podría haber sucumbido a trasiegos inmorales durante su mandato para beneficiarse personalmente, sino por lo que ese gobernante en concreto representó para muchos en la lucha contra la corrupción y el autoritarismo del fujimorato, a principios de este siglo.

Toledo, en efecto, fue la opción electoral a la que una importante porción de la ciudadanía recurrió en las elecciones del 2000, por turbias que fuesen, para tratar de impedir que el abusivo poder de Fujimori y Montesinos se extendiera por cinco años más. Y aunque, por las circunstancias que todos recordamos, ese empeño no fue coronado con el éxito, la acumulación de fuerzas de la experiencia resultó suficiente para darle la victoria en los comicios del año siguiente y posibilitar el inicio de una campaña para limpiar los miasmas que habían salpicado a los tres poderes del Estado y a las Fuerzas Armadas durante la década anterior.

Es cierto que algunos episodios de la vida personal del ex presidente Toledo, así como su palabra reiteradamente desmentida, habían arrojado ya sombras que desdoraban cualquier imagen idealizada que pudiera existir de él. Pero, con todo, seguía siendo el emblema de un sistema que ostentaba una superioridad moral sobre aquel que tan trabajosamente dejamos atrás con la caída de Fujimori.

Mellado el símbolo de esos valores, entonces, es inevitable que los valores mismos sufran también un golpe moral. Pero cabe preguntarse si acaso, en medio de la crisis que toda esta situación ha revelado (o confirmado), no hay un punto de luz, una marca de fortaleza institucional que permita reafirmar la confianza ciudadana en la superioridad del sistema democrático y del imperio de la ley por sobre cualquier otro.

Y la respuesta nos parece meridiana: en primer lugar, resulta claro que es dentro de la democracia que se ha podido detectar y abrir la posibilidad de sancionar los eventuales delitos de un presidente, sin importar lo relevante de su figura para ella. Y en segundo término, la consistencia del razonamiento jurídico del juez Richard Concepción para dictar la prisión preventiva nos pone ante un caso ejemplar de independencia de poderes. Es decir, en el que no hay trazos de una intromisión política desde el Ejecutivo o el Legislativo para favorecer o perjudicar artificialmente al acusado.

Son sólidos los argumentos desarrollados por el magistrado con relación al peligro procesal (riesgo de fuga) en el caso entre manos: la pena de la que el inculpado podría escapar es grave, existe falta de arraigo (Toledo no trabaja en el país y pasa más tiempo en el extranjero que aquí) y su conducta procesal revela una disposición a desafiar el sistema de justicia. Como también demuestra contundencia la probanza y argumentación de la fiscalía respecto de la responsabilidad de Toledo en los delitos imputados.

Y ninguno de estos razonamientos ha sido convincentemente retado por los contrargumentos de la defensa.

Pues bien, esto, que debería ser la norma, en los casos de procesos con alguna relevancia política constituye una excepción. Pero por eso mismo desbarata los intentos de Alejandro Toledo y la señora Eliane Karp de hacer pasar todo el trabajo de la fiscalía como una venganza de los que, supuestamente, ‘no les perdonan’ haber organizado la Marcha de los Cuatro Suyos y ‘librado la lucha por recuperar la democracia’.

Es precisamente por la salvaguarda de ese sistema y su prestigio que este caso tiene que ser llevado hasta el final. Y si al final quien fue en algún momento el símbolo de sus valores termina compartiendo la suerte de quien simbolizó todo lo contrario en esa misma contienda, no importa. Aparecerán de seguro nuevos símbolos para encarnar esos valores.

Un fallo incuestionable en un caso como este, de hecho, es un buen principio.