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Editorial: Rosa y espinas

No es claro si la arremetida de la congresista Bartra supone un cambio de actitud de toda Fuerza Popular hacia el Gobierno.

Editorial

Rosa Bartra

En una entrevista concedida este domingo al programa “Agenda política” de Canal N, la parlamentaria Rosa Bartra ha parecido modular una voz discordante con la armonía supuestamente imperante. (Foto: Archivo El Comercio)

Uno de los elementos más positivos de la coyuntura política que se abrió tras el reemplazo de Pedro Pablo Kuczynski por Martín Vizcarra en la presidencia es el cambio de la actitud del fujimorismo hacia el Gobierno. Tanto voceros de la bancada de Fuerza Popular (FP) como la propia lideresa del partido se han mostrado entusiastas con la presentación del Gabinete Villanueva ante el Congreso, en consonancia con la confianza que, unánimemente, le extendieron. 

Expresiones como: “Al ver las ganas del jefe del Gabinete, la actitud del presidente de la República, me quedo muy optimista y creo que el Gabinete Villanueva empieza con el pie derecho” (pronunciada días atrás por Keiko Fujimori) o “Son personas de a pie, gente que no trabaja desde un escritorio, que sabe caminar las calles y trabajar en el lugar de los hechos” (que Héctor Becerril les dedicó al presidente Vizcarra y a su primer ministro) habrían sido sencillamente inimaginables mientras Kuczynski ocupaba todavía la jefatura de Estado. 

Hay quienes se han apresurado a señalar que existe en esa nueva actitud del conglomerado naranja hacia el Ejecutivo una mezcla de conveniencia y voluntad de cambiar la imagen de ‘obstruccionista’ que se había ganado ante la opinión pública. Pero sin desdeñar el valor del análisis sobre las motivaciones de ese cambio, es evidente que el mismo constituye una buena noticia para la gobernabilidad del país. 

De pronto, sin embargo, en una entrevista concedida este domingo al programa “Agenda política” de Canal N, la parlamentaria Rosa Bartra ha parecido modular una voz discordante con la armonía supuestamente imperante. Interrogada en torno a su impresión sobre la presentación del nuevo Gabinete en el hemiciclo, ella deslizó, por ejemplo, opiniones como: “El discurso en educación ha sido muy poco; [y] en temas de reactivación económica, básicamente en lo que es generación de empleo, prácticamente inexistente”. O: “El discurso anticorrupción y las medidas anticorrupción tampoco han sido las más profundas ni las que el Perú, o nosotros, hubiésemos querido escuchar”. Y también: “Acá no hemos escuchado más que buena voluntad, no hemos escuchado medidas específicas aterrizadas en algo que se vaya a implementar de inmediato”. 

En lo que concierne específicamente al presidente Vizcarra, por otra parte, ella reclamó la ausencia de un ‘mea culpa’ en el que admitiese que “él fue parte de este gobierno que ahora critica, no solamente en las formas sino también en el fondo” y que conceptuó y presentó un plan de gobierno “que al final resultó siendo casi un cuento”. 

Todo esto para, tras saludar el ‘enfoque regional’ del primer ministro y el mandatario, terminar advirtiendo: “Revisaremos todo el paquete de decretos legislativos que están planteando ahora. Y se revisará con absoluto espíritu crítico”. 

Como vemos, en general, se trató de una reprobación que si bien es perfectamente legítima en democracia en tanto esté sustentada en argumentos consistentes, no se condice con el espíritu que parecía presidir la relación entre FP y el Ejecutivo unos días antes. 

Podríamos estar, por supuesto, ante una posición personalísima de la legisladora Bartra, pero cabe recordar que ella es una de las figuras más representativas de la bancada fujimorista. No por gusto la eligieron dentro de la misma para ejercer la Primera Vicepresidencia del Congreso en el período 2016 - 2017 y para desempeñarse luego como presidenta de la Comisión Lava Jato. 

En consecuencia, es razonable preguntarse si quizás las espinas que le ha dispensado a la actual administración no responden a una respuesta más bien orgánica de FP y si, en esa medida, no estaremos ante un brusco cambio de disposición o una novísima ‘escopeta de dos cañones’ naranja. 

Sería una lástima porque, aunque los seis meses de paciencia que el presidente Vizcarra ha pedido recientemente para empezar a exhibir resultados puedan ser excesivos, arremeter con el zarzal a una gestión que no tiene ni cincuenta días de iniciada parece en el fondo un ejercicio de nostalgia por los tiempos en que no había materia política que no se ventilase en las trincheras.

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