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Editorial: Todas las sangres menos una

La discriminación contra los “gringos” o “blanquiñosos” que practican algunos congresistas no parece indignar a sus colegas.

Editorial

FP1

Los legisladores Justiniano Apaza (Frente Amplio) y Bienvenido Ramírez (Fuerza Popular) emitieron recientemente declaraciones discriminatorias que pasaron desapercibidas por sus colegas. (Foto: Archivo El Comercio)

Los legisladores Justiniano Apaza (Frente Amplio) y Bienvenido Ramírez (Fuerza Popular) emitieron recientemente declaraciones discriminatorias que pasaron desapercibidas por sus colegas. (Foto: Archivo El Comercio)

Ciertas referencias peyorativas del periodista Phillip Butters a algunos integrantes de la selección de fútbol ecuatoriana de ancestro africano provocaron hace poco una justificada indignación que llegó hasta el Congreso. Concretamente, la parlamentaria del Frente Amplio (FA) María Elena Foronda, presidenta de la Comisión de Pueblos Andinos, Amazónicos y Afroperuanos, Ambiente y Ecología, rechazó los calificativos usados por Butters en un enérgico comunicado divulgado hace una semana.

En él, a nombre de la comisión que preside, la legisladora aseveró que “debemos erradicar toda expresión y conducta racista en cualquiera de sus formas y, por el contrario, al decir de nuestro querido escritor José María Arguedas, reconocernos como un país de todas las sangres”.

Parecería, sin embargo, que a la hora de poner en práctica tan encomiable ecumenismo hemático, existe una sangre que, en esa comisión y en el Congreso en general, están dispuestos a soslayar, pues cuando las manifestaciones racistas están dirigidas contra un determinado grupo étnico –el que tiene origen o ancestro europeo–, nadie se escandaliza o protesta. Con el agravante de que los exabruptos discriminadores provienen en esos casos de otros parlamentarios.

Recientemente, en efecto, dos legisladores –Justiniano Apaza del FA y Bienvenido Ramírez de Fuerza Popular– han incurrido en demostraciones de ese tipo sin que integrante alguno de la representación nacional se haya inmutado o sugerido alguna forma de sanción, aunque fuese moral, para ellos.

Por un lado, el lunes de la semana pasada, Apaza, haciéndose eco de la falsa imputación que se le había hecho a la congresista Marisa Glave de haber solicitado que haya servicios higiénicos distintos para trabajadores y parlamentarios en el edificio conocido como ‘el Hospicio’, declaró: “Hago un llamado especialmente a todos aquellos blanquiñosos que se creen, ¿no?, con un complejo de superioridad, lo cual (sic) debemos superar; y si es del FA, y si somos de izquierda, peor aún”.

Y por si cupiesen dudas de la entraña discriminadora de su ‘llamado’, continuó: “La izquierda ‘light’ generalmente vive bien, come bien, habla bien, porque de repente piensa que los demás no podemos hacerlo. Hay algunos que hemos nacido en las luchas populares y otros han nacido de repente en un escaparate”.

Por otra parte, el jueves pasado y durante la interpelación al ministro del Interior, Carlos Basombrío, Ramírez tuvo una intervención cuyo sentido todavía es materia de debate, pero que incluyó un innegable giro racista. “Por respeto a los peruanos, porque los peruanos no somos gringos como usted, señor ministro, los peruanos merecemos respeto”, sentenció.

Y cuando terminó, sus palabras no merecieron más comentario que las “gracias” de la presidenta del Congreso.

¿Se imagina alguien el escándalo –por demás justificado– que se habría desatado en el Legislativo y en la clase política en general si esas expresiones de desdén hubiesen sido pronunciadas por un parlamentario de cualquier bancada en contra de personas de origen andino o amazónico, o de ancestro africano o asiático? El lenguaraz congresista, sin duda, habría sido puesto en la picota.

Pero cuando un miembro de la representación nacional sugiere o dice que los “blanquiñosos” tienen un complejo de superioridad y en consecuencia no pueden ser auténticamente izquierdistas, o que los “gringos” no son peruanos, todos callan. Ni un comunicado de la comisión que preside la señora Foronda, ni una mano que se levante en el pleno para protestar por el espontáneo brote ‘etnocacerista’.

En el fondo, claro, lo que esos silencios dan por sobreentendido es que ese tipo de discriminación es tolerable. O que está tan difundido en ciertos sectores de la ciudadanía que para cualquier político salir a combatirlo es un mal negocio. Y así, ni siquiera las personas a las que se quiere agraviar con frases como las aquí comentadas se animan a defenderse.

Ojalá exista en el Congreso al menos una voz dispuesta a denunciar este doble rasero de quienes hablan con facilidad de un Perú de todas las sangres, pero en la práctica no tienen problemas con excluir de ese proyecto por lo menos a una.

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