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Editorial: Los sellos más importantes

Solicitar el pasaporte a los migrantes venezolanos parece una medida inoportuna.

Editorial

Pasaporte venezolano

“Desde hace mucho, el despoblamiento de Venezuela dejó de ser un asunto doméstico para convertirse en un tema regional”.  (Foto: AFP)

A partir de la medianoche del sábado los puestos de migraciones instalados en las fronteras peruanas exigirán a los venezolanos que lleguen a nuestro país que presenten su pasaporte como requisito de entrada. La medida anunciada el viernes pasado por el titular del Interior, Mauro Medina, se encadena con una similar dispuesta un día antes por el Gobierno Ecuatoriano. Según explicó el ministro, esta condición es solo “un tema técnico” que no tiene nada que ver con la “tradición hospitalaria” del Perú y que busca facilitar la identificación de los migrantes en el territorio nacional.

Si bien es cierto que las razones que ha dado el Gobierno pueden ser plausibles (quién, al fin y al cabo podría oponerse a una migración ordenada y que busque cautelar la seguridad tanto de nacionales como extranjeros) y que la cancillería ha mostrado una saludable disposición al no poner topes al número de ingresantes, la manera en la que esta política se ha comunicado revela descoordinación y, en el fondo, trasluce que nuestras autoridades no han sabido manejar la complejidad del éxodo venezolano.

Desde hace mucho, el despoblamiento de Venezuela dejó de ser un asunto doméstico para convertirse en un tema regional. Según la ONU, hasta junio casi 2,3 millones de venezolanos –el 7% de su población– había abandonado el país para trasladarse principalmente a Colombia, Brasil, Ecuador y el Perú. El ritmo, además, ha venido acelerándose. En mayo, la Organización Internacional de las Migraciones informó que el flujo de venezolanos migrantes se había incrementado en 900% entre el 2015 y el 2017.

Ante esta coyuntura, cabría esperar una respuesta organizada de los países que acogen a la mayor cantidad de migrantes. Pero ese no parece ser el espíritu que subyace a la medida decretada por el Perú. Si bien nuestro país es el último en la región en disponer la obligatoriedad del pasaporte, esta parece haberse decretado solo como una respuesta ante la iniciativa del resto de Estados y no como una reacción estudiada de manera supranacional. No se entiende por qué, por ejemplo, no se discutió una política migratoria entre Colombia, Ecuador, Brasil y el Perú, o entre los cancilleres del Grupo de Lima, toda vez que lo que vivimos ahora se veía venir desde hace tiempo.

Lo que, más bien, ha ocasionado la decisión peruana es una incertidumbre tanto en los venezolanos que se encontraban de camino hacia aquí como en las zonas de frontera, donde se ha desatado un pandemónium en las últimas horas.

Además, esperamos que se formalicen algunas excepciones lógicas de las que ha informado ya la cancillería. Por ejemplo, Ecuador permite el paso a los menores de edad –si uno de los padres cuenta con pasaporte– a los cónyuges o a los que busquen reunificarse con sus familiares

Por otro lado, las autoridades nacionales parecen ignorar en la práctica que tramitar un pasaporte en Venezuela se ha vuelto una labor titánica. El sitio web del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería –que expide el documento–, por ejemplo, sufre constantemente problemas de funcionamiento. Asimismo, la lentitud del proceso ha generado que surjan mafias que cobran cupos impagables para una ciudadanía que ve sus salarios hacerse polvo por la inflación –algunos cálculos hablan de US$2.000–. De igual manera, la espera para obtener el documento puede dilatarse durante meses, lo que resulta crítico en un país en el que el 64% de personas perdió alrededor de 11 kilos en un solo año. En Venezuela, esperar puede tener consecuencias irreversibles.

Si a esto le sumamos el recorte de los plazos para acceder al permiso temporal de permanencia (PTP) comunicada hace unos días, lo que tenemos es algo mayor. A saber, la pérdida del liderazgo regional en la crisis venezolana que el Perú exhibió hasta hace poco, que tuvo su cúspide en la creación del Grupo de Lima y que parece haberse enfriado con la crisis presidencial y el cambio de gobierno. ¿No era factible, acaso, organizar una política migratoria conjunta desde el Grupo de Lima para atajar la emergencia humanitaria actual?

Al final de todo, vale recordar que cuando se carga con las huellas imborrables de un régimen tiránico que ha destrozado a toda una nación los sellos más importantes de una persona se hallan inscritas en su espíritu, no en las páginas de un pasaporte.

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