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Editorial: Para no soplar velitas

Las fortalezas macroeconómicas que permitirían enfrentar una eventual crisis global no han venido gratis para el Perú ni deben darse por sentadas.

Editorial

Perú

El país ha sido de los pocos en la región que ha podido mantener una tasa de crecimiento aceptable. (Foto: Archivo)

El ex titular del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) Luis Miguel Castilla decía, hace casi una década, que él prendía velitas todos los días y rezaba para que China no entrara en crisis, llevándose de paso el ritmo de crecimiento del Perú. Hoy, el país y el mundo enfrentan una preocupación similar con el desarrollo cada vez más agresivo de la guerra comercial que libran las dos mayores economías del globo, EE.UU. y China.

Los potenciales canales de impacto sobre la economía peruana son diversos. En primer lugar, están las presiones sobre los precios de los commodities. En particular, no es menor que el precio del cobre –nuestro principal producto de exportación– haya caído en casi 20% desde el inicio de las tensiones comerciales a mediados del año pasado. Ello condiciona el ingreso de divisas, la actividad económica, los ingresos fiscales y, eventualmente, la viabilidad de nuevas inversiones mineras. Las mismas presiones han reducido el precio de las importaciones de commodities –en especial el petróleo–, pero el efecto neto es sin duda perjudicial para el país.

En segundo lugar, el efecto sobre el tipo de cambio al alza se hace sentir de manera casi inmediata, aunque moderado por las intervenciones del BCRP. Como en otras ocasiones de inseguridad financiera global, la demanda por dólares aumenta al considerarse este un activo seguro frente a la incertidumbre, con sus respectivos impactos sobre los intercambios comerciales y la inflación local. Finalmente, un escenario de crecimiento económico débil, con los dos principales aliados comerciales del Perú enfrascados en batallas entre ellos, ralentiza la demanda por exportaciones nacionales de todo tipo, y amenaza con extender la oleada proteccionista a otras partes del globo. La historia demuestra que el cierre de fronteras tiene un efecto contagio peligroso, con otros países manejando ya discursos similares.

Frente a todos estos riesgos, es sin duda una buena noticia que el difícil escenario no coja al Perú desprovisto de herramientas económicas para hacerle frente. A nivel global, el país tiene una envidiable fortaleza macroeconómica basada en un déficit fiscal reducido, la tasa de inflación acumulada más baja de la región, reservas internacionales suficientes, numerosos TLC firmados, grado de inversión, entre otras atribuciones que se construyeron con años de esfuerzo y disciplina. En el Perú, la institucionalidad macroeconómica –liderada por el BCRP y el MEF– es de las pocas merecedoras de reconocimiento internacional por su predictibilidad y consistencia.

A pesar de las debilidades que se notan en el día a día y de la falta de reformas estructurales, el país ha sido de los pocos en la región que ha podido mantener una tasa de crecimiento aceptable, con tipo de cambio controlado, calificación crediticia estable y deuda pública baja. Ni siquiera pares de la Alianza del Pacífico pueden emular todos estos logros. En la crisis internacional del 2008-2009, este posicionamiento fue fundamental para evitar los estragos económicos que otros países sufrieron –el Perú entonces sí tenía espacio para dar batalla con las herramientas a su disposición–. Hoy, que las campanas de alarma vuelven a sonar, el país está también debidamente apertrechado hasta donde le es posible.

No valorar estas fortalezas en su debida dimensión, no obstante, equivale a ponerlas en riesgo. Es en parte lo que se percibe en ocasiones desde el Congreso cuando se insiste en normas que amenazan el equilibrio fiscal –como la ley de negociación colectiva en el sector público o la nivelación de pensiones del personal militar y policial–. O desde el Ejecutivo cuando se ponen por delante iniciativas de gasto millonarias –como el tren intercontinental entre Bolivia y el Perú–, y cuando se permite que el gasto administrativo en el Estado siga creciendo a niveles preocupantes.

En la historia del país son contadas las ocasiones en las que el gobierno ha heredado una estabilidad macroeconómica envidiable. Ello debe ser motivo de orgullo y profundo celo para los actuales gobernantes, no de displicencia y temeridad en sus acciones. Haciendo bien la tarea, el Perú debe tener las herramientas suficientes para no tener que soplarle velitas a nadie.

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