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Editorial: Sumido en su silencio

La caída del respaldo popular del presidente Vizcarra es preocupante en ausencia de otras circunstancias que le den legitimidad.

Editorial

Martín Vizcarra

El presidente Martín Vizcarra se pronunció tras la confirmación de la muerte de Alan García. (Foto: GEC)

El gobierno es, efectivamente, el administrador de buena parte del aparato público. Como cualquier administrador, es responsable de que las cosas marchen a su ritmo, los sueldos de los funcionarios públicos se paguen a tiempo, la recaudación tributaria sea suficiente para cubrir los gastos, los profesores de colegio atiendan a sus centros de estudio, etc.

Pero también es mucho más que un administrador. El gobierno elegido es el responsable de liderar grandes esfuerzos que inspiren y transformen el estado actual de la economía, la seguridad, la infraestructura y tantos otros temas que preocupan a los peruanos en el día a día. Mantener simplemente el barco en la ruta habitual es insuficiente en un país con tantas brechas y carencias como el Perú.

Pasados ya 13 meses desde que se inició la administración del presidente Martín Vizcarra, no se puede decir que el gobierno haya decidido hasta ahora liderar grandes esfuerzos que inspiren y transformen. Cierto: el mandatario supo leer correctamente la situación política casi al inicio de su período y hacer frente al llamado caso de Los Cuellos Blancos con un discurso anticorrupción que motivó, además, el referéndum de diciembre del año pasado. Ello le otorgó una fortaleza política de la que –sin partido, ni bases, ni representación en el Congreso– carecía. Los abrumadores resultados de la consulta ciudadana en el sentido en el que el presidente recomendó votar evidencian el apoyo que logró recoger entonces.

Inevitablemente, no obstante, si la estrategia política no venía acompañada de una estrategia de gobierno clara, el período de cercanía entre el mandatario y la ciudadanía venía con fecha de expiración pronta. Y eso es precisamente lo que habría sucedido en los últimos días. Como apuntó este Diario hace una semana, el respaldo al presidente cayó 12 puntos –de 56% a 44%– entre marzo y abril, llegando a un empate técnico con su nivel de desaprobación (45%).

La erosión del respaldo popular que hasta ahora lo ha acompañado es más preocupante que lo que sería en otras circunstancias. De un presidente uno usualmente espera una estructura partidaria que lo resguarde políticamente, un equipo técnico responsable de la gestión pública y un norte definido sobre el cual medir sus logros o limitaciones. Nada de esto parece presente en la actual administración.

Respecto de la estructura partidaria, la falta de cuadros políticos es notable. Con una bancada disminuida y que es incluso rebasada por la izquierda, el apoyo que recibe hoy el Ejecutivo desde el Congreso es apenas tibio y circunstancial. El voto de confianza que recibió el actual Gabinete liderado por el primer ministro Salvador del Solar, por ejemplo, fue logrado con el respaldo más bajo de los últimos 18 años, con tan solo 46 congresistas a favor. Tampoco se perciben figuras políticas dispuestas a enlodarse los zapatos en la arena pública por el Ejecutivo.

Esta carencia en ocasiones es atenuada por un equipo técnico, ministerial, solvente, con peso propio. Tampoco es este el caso. Las últimas renuncias de los ministros Carlos Bruce y Edmer Trujillo –cada uno por diferentes circunstancias, ambas justificadas– deslucen un equipo ministerial que, siendo sinceros, hasta ahora tampoco ha brillado con luz propia.

Finalmente, respecto de la ruta trazada, no queda claro cuál es el derrotero del gobierno una vez agotada la vistosidad de la bandera de la lucha anticorrupción; lucha en la que, valgan verdades, quedan todavía muchos pendientes. El combate a la corrupción no puede ser retórico, ni es suficiente para gobernar. Si sirvió en su momento para ganar legitimidad, hoy no puede fungir de muletilla que enmascare otras carencias.

Sin respaldo popular, sin presencia política marcada, sin equipo ministerial de fuste y sin norte definido, es difícil anticipar un escenario optimista para el actual gobierno si las circunstancias no cambian. Ahora que se apagan los aplausos, al gobierno no le quedará otra opción más que construir una agenda beneficiosa para todos los peruanos, y dejar atrás el silencio.

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