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Editorial: Techo bajo

El mensaje demagogo con el que se estrena el ministro Carlos Bruce no permite presagiar un venturoso desempeño.

Editorial

PPK-Bruce

(Foto: Andina)

El lunes pasado, el ministro de Vivienda, Construcción y Saneamiento, Carlos Bruce, mencionó en sus cuentas de redes sociales que no privatizará Sedapal. (Foto: Andina)

(Foto: Andina)

Es una práctica frecuente que una persona, al estrenarse en un alto puesto, se muestre ambiciosa en cuanto a las metas que aspira alcanzar. Una muestra de optimismo que incluso cuando se manifiesta con cierto exceso se comprende por el entusiasmo que el nombramiento genera y por la oportunidad de aprovechar los vientos a favor que suelen acompañar esta circunstancia.

Esto es algo que debe conocer muy bien Carlos Bruce, un economista con una amplia trayectoria política, entre la que se cuentan los cerca de cinco años como ministro durante el gobierno de Alejandro Toledo, la mayoría de los cuales los cumplió como titular de la cartera que le ha sido nuevamente encomendada, ahora por el presidente Pedro Pablo Kuczynski.

Al mando del sector Vivienda, Construcción y Saneamiento, Carlos Bruce se hizo conocido por la eficacia en el impulso de programas de fomento para la construcción de viviendas. En esta nueva incursión en el ministerio, sin embargo, será su trabajo en agua y saneamiento del que más se espere; en especial, teniendo en cuenta el compromiso del presidente Kuczynski hacia el 2021, año en el que “todos los peruanos deberán tener acceso a agua potable de calidad y a desagüe las 24 horas”.

Considerando la experiencia, el conocimiento económico y la relevancia del tema para el gobierno que representa, llama entonces la atención que una de las primeras manifestaciones del nuevo ministro no apunte en la dirección de cómo alcanzar el objetivo de brindar un mayor y mejor acceso a los servicios de agua y saneamiento a los peruanos, sino precisamente en el sentido de cómo no lograrlo.
Nos referimos a los mensajes que el también congresista difundió el lunes en sus cuentas de redes sociales. “Ante la ola de rumores: Me ratifico que Sedapal NO será privatizado al menos mientras yo sea Ministro. NO ocurrió antes, NI PASARÁ AHORA (sic)”, publicó en Twitter, y un texto similar reprodujo en Facebook.

Existen dos grandes problemas con las declaraciones de Bruce. El primero es que muestra un insensato desprecio por una de las herramientas más eficientes para mejorar los sistemas de agua y saneamiento, y que ha llevado a que todos los servicios públicos que sí participaron del concurso de la empresa privada en los últimos 25 años mejoren sustancialmente en todos sus indicadores de desempeño (cobertura, continuidad, calidad del servicio, infraestructura, sostenibilidad financiera, etc.) Por el contrario, el servicio de agua y saneamiento en el Perú, controlado casi en su totalidad por empresas públicas, presenta un déficit de cobertura que afecta a más de 5 millones de personas sin acceso a agua potable y 11 millones sin servicio de alcantarillado, y una brecha de inversión que asciende aproximadamente a US$16.000 millones.

Sedapal, en particular, tiene una pobre performance a pesar de su dimensión, mercado cautivo y las millonarias inversiones que demanda del tesoro público. De acuerdo con un informe de Apoyo & Asociados de este año, “sin las transferencias del Estado, Sedapal no contaría con los fondos necesarios para realizar la totalidad de las inversiones requeridas”, y sus “flujos son insuficientes para dar servicio conjunto a los pasivos financieros” que presenta. La precaria situación se hace más notoria al compararla con sus pares regionales. Según un estudio de Contribuyentes por Respeto (2013), Aguas Andinas, la concesionaria privada del servicio en Santiago de Chile, superaba a Sedapal en cobertura de agua potable (13% más), volumen de agua facturada (34% más), cobertura de tratamiento de aguas servidas (170% más) y rentabilidad patrimonial (23 veces más).

El segundo problema tiene que ver con el efecto que este tipo de mensajes genera en la ciudadanía. Al no solo rechazar la privatización, sino incluso condicionar su permanencia en el ministerio a que esta no se produzca, convierte esta herramienta en una palabra maldita, una ofensa intolerable. Con ello, Bruce alimenta la suspicacia contra la inversión privada que demagogos y populistas suelen procurar.
Con este nuevo debut de Bruce, no hace mucho sentido hacerse de grandes expectativas. Después de todo, él mismo se ha encargado de ponerle a su gestión un techo muy bajo.

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