"Los lamentables resultados en fallecidos y contagiados son su consecuencia obvia y necesaria".  REUTERS/Sebastián Castaneda
"Los lamentables resultados en fallecidos y contagiados son su consecuencia obvia y necesaria". REUTERS/Sebastián Castaneda
Editorial El Comercio

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En abril pasado, a poco más de un mes de iniciada la cuarentena a raíz del avance del COVID-19, el entonces ministro de Salud, Víctor Zamora, intentó justificar la poca consistencia en las cifras de infectados y fallecidos en el ámbito nacional. “Tenemos un sistema de salud fragmentado […] Tenemos que invertir más y mejor en el sistema nacional público de salud. No estos pedazos que no se comunican entre sí, sino un solo sistema poderoso, donde el sector privado juega un factor fundamental”, dijo entonces.

Ocho meses después de ese comentario, y con una crisis que desde entonces ha costado varios miles de fallecidos, la situación sigue siendo muy similar, y las excusas también. Según informó este Diario, el desfase entre las cifras de fallecidos y de casos confirmados de COVID-19 del Ministerio de Salud (Minsa) y aquellas de las direcciones regionales (Diresa) y gerencias regionales (Geresa) no solo no se ha cerrado, sino que se habría profundizado.

Durante esta semana, de acuerdo con el Minsa, el país habría apenas superado el millón de casos confirmados; según las instancias regionales y cuatro direcciones sanitarias de Lima, sin embargo, el número sería cercano a los dos millones, tomando como base estudios realizados por el portal OpenCovid-Perú. En cuanto a diagnósticos, el descalce alcanza el 196,8%, y se agravó hacia mediados de año, cuando la actual titular del Minsa, Pilar Mazzetti, asumió el cargo.

Esta falta de capacidad de gestión para llevar a cabo una tarea relativamente simple, como homogeneizar las cifras, a pesar del tiempo transcurrido en pandemia y de la urgencia de hacerlo, es una muestra de la incompetencia general que ha mostrado el Ejecutivo en estos meses. Su balance difícilmente podría ser peor.

Con el año casi cerrado, y en medio de una emergencia sanitaria que demandaba infraestructura urgente, el Minsa ha ejecutado menos de la mitad de su presupuesto de inversión. Adicionalmente, a pesar de que desde hace varios meses se sabe que las pruebas rápidas son poco confiables para el diagnóstico individual, el Perú acaba el 2020 como uno de los países de la región con menos pruebas moleculares por habitante. En cuanto a las decisiones del Gobierno sobre las medidas de inamovilidad y restricciones nacionales y locales, estas se tomaron con tan pobre base científica que hicieron poco para prevenir contagios y mucho para dañar la economía. Por si fuera poco, los recientes incrementos en los contagios, y sobre todo la vergonzosa posición del Perú en la fila internacional para el acceso a las vacunas, no dibujan un panorama optimista hacia adelante.

Los responsables de este desorden y negligencia no pueden seguir ofreciendo excusas parciales como explicación. Atribuir a la –sin duda imprudente y abusiva– vacancia presidencial los errores en la compra de vacunas, como hizo recientemente el expresidente Martín Vizcarra, o señalar que no se pudo cerrar el desfase de las cifras de fallecidos porque el personal de salud “estaba enfermo o estaba ocupado en otras cosas”, como indicó antes la ministra Mazzetti, oculta los errores de fondo y, en consiguiente, hace más difícil corregirlos.

A estas alturas, es justo decir que, por donde se las mire, las estrategias de salud de esta y de la anterior administración hicieron agua. Los lamentables resultados en fallecidos y contagiados son su consecuencia obvia y necesaria. Peor aún, pasar por agua tibia las omisiones que nos llevaron hasta aquí –vengan de quien vengan– nos expone a permanecer en esta ruta de encubrimientos, desatinos y muerte.

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