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Editorial: Con tu voto a otra parte

César Acuña intenta faltar a su compromiso con los electores de La Libertad.

Editorial: Con tu voto a otra parte

Editorial: Con tu voto a otra parte

El gobernador regional de La Libertad, César Acuña, ha hecho una carrera política relativamente rápida. Tras haber sido elegido congresista en el 2000 y en el 2001, triunfó en las elecciones a la Alcaldía de Trujillo en el 2006 y repitió el plato cuatro años más tarde, infligiéndole al PAP una aparatosa derrota en una plaza que este consideraba suya. El partido que fundó hace menos de 14 años, Alianza para el Progreso (APP), obtuvo, además, victorias en varios lugares del país en los comicios regionales y municipales del año pasado.

No todo en su paso por la vida pública, sin embargo, han sido laureles. Aparte de las dudas sembradas en torno a los aportes recibidos años atrás por su partido de la Universidad César Vallejo (de propiedad también de Acuña) y diversas denuncias de otro tipo, es difícil olvidar episodios como aquel en el que, en una reunión celebrada en marzo del 2010, anticipó a sus colaboradores más cercanos que iba a ser candidato presidencial en el 2011 y que, así no ganase, su organización se convertiría en un poder político y en consecuencia habría “plata como cancha” para ellos.

Como se sabe, finalmente APP integró el famoso ‘sancochado’ que llevó como candidato a Kuczynski en ese proceso electoral, pero la anécdota tiñó la imagen política de Acuña.
Algo parecido sucedió en la última campaña municipal, cuando, durante un mitin en Pataz, se le ocurrió decir que si el alcalde que resultaba elegido en esa localidad no era de su partido, no haría convenios con él y no recibiría recursos de su parte. Una afirmación que daba por descontado que el futuro gobernador regional de La Libertad sería él.

Lo cierto es que Acuña obtuvo, efectivamente, el respaldo mayoritario de los liberteños en las urnas y en enero de este año se estrenó en su nuevo cargo. Pero, aparentemente, no quedó contento con eso, pues esta semana ha anunciado que tiene planes más ambiciosos y que, por lo tanto, piensa renunciar en octubre al puesto que le confiaron a fin de postular a la Presidencia de la República. Y en lo que ya parece un supremo ejercicio de ironía involuntaria, añadió: “Si no renuncio, soy irresponsable”.

Como es claro, no obstante, lo irresponsable es más bien haberle pedido el voto a una importante comunidad de ciudadanos para luego dejarlos con una gestión que ni siquiera ha sido cumplida en un 25%. ¿No supone acaso un compromiso con los electores postularse a desempeñar cierto cargo de representación política por un tiempo determinado? Y si los votantes acceden a esa solicitud y le dan al aspirante el triunfo, ¿es legítimo que, por la aparición de apetencias de un poder más encumbrado, este abandone sin miramientos el puesto ya logrado y se lance en pos de su nueva aspiración?

De continuar con su proyecto, Acuña no sería ciertamente el primer político que se aventura a hacer un canje de esta naturaleza. Como se recuerda, en el 2010, Luis Castañeda Lossio dejó sin culminar su segundo período al frente del municipio de Lima para tentar también la Presidencia de la República. Y en su momento, Yehude Simon y César Villanueva renunciaron a las presidencias regionales de Lambayeque y San Martín, respectivamente, para convertirse en presidentes del Consejo de Ministros (el primero, durante el segundo gobierno de Alan García; y el segundo, en este gobierno). Y, con prescindencia de lo mal que le fue a cada uno de ellos en esas experiencias, sería interesante saber cómo se sintieron los votantes con la deserción de sus líderes electos. 

Lo grave en este caso, además, es que, por lo dicho en otras oportunidades por él mismo, queda la sensación de que este fue el plan de Acuña desde el principio. Es decir, que la victoria en las elecciones regionales fue vista siempre como un trampolín; como una forma de ganar notoriedad o, como se decía en ciertos contextos políticos de antaño, ‘acumular fuerzas’ para dar a continuación el salto sobre la posición de poder que realmente se deseaba.

Y si eso era así, ¿no habría sido más justo y limpio advertir a los liberteños que su voto, si llegaban a emitirlo a favor de su candidatura, solo tenía ese sentido? Porque de otra forma, es como si se lo hubiesen pedido para determinado fin y luego, con él ya en la mano, el triunfador hubiese torcido su propósito o se lo hubiese llevado a otra parte.
La carrera política de César Acuña, nos tememos, podría terminar pronto tan rápidamente como empezó. 

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