El especial “Salud en espera” publicado en la edición digital de El Comercio no relata una anécdota aislada: documenta, con datos del propio Ministerio de Salud y de Essalud, un sistema que ha normalizado la espera como sinónimo de atención. El diagnóstico es contundente. El Perú invierte apenas 3,8% del PBI en salud, por debajo del promedio regional y lejos del 6% que recomienda la OMS. Esa insuficiencia se traduce en cifras que deberían avergonzar a cualquier gestión: 95,89% de postas y centros de salud carecen de condiciones mínimas para funcionar, y casi nueve de cada diez hospitales de segundo y tercer nivel operan con infraestructura inadecuada. En seis regiones –Amazonas, Áncash, Apurímac, Callao, Cusco y Tumbes–, ese porcentaje llega al 100%.
El especial “Salud en espera” publicado en la edición digital de El Comercio no relata una anécdota aislada: documenta, con datos del propio Ministerio de Salud y de Essalud, un sistema que ha normalizado la espera como sinónimo de atención. El diagnóstico es contundente. El Perú invierte apenas 3,8% del PBI en salud, por debajo del promedio regional y lejos del 6% que recomienda la OMS. Esa insuficiencia se traduce en cifras que deberían avergonzar a cualquier gestión: 95,89% de postas y centros de salud carecen de condiciones mínimas para funcionar, y casi nueve de cada diez hospitales de segundo y tercer nivel operan con infraestructura inadecuada. En seis regiones –Amazonas, Áncash, Apurímac, Callao, Cusco y Tumbes–, ese porcentaje llega al 100%.
El primer nivel de atención, que debería resolver el 80% de las necesidades médicas del país, está roto antes de que el paciente toque la puerta. El resultado es previsible: hospitales saturados por dolencias prevenibles, como la faringitis aguda o la caries dental, que juntas suman más de 10 millones de casos al año. A eso se suma el desabastecimiento: uno de cada ocho medicamentos básicos falta cuando el paciente llega a la farmacia, y en el 92% de regiones no hay nifedipino para crisis de hipertensión. Los casos que menciona el especial –una profesora con cáncer de mama que esperó meses por una mamografía, un joven cuyo apéndice reventó mientras aguardaba quirófano– no son excepciones: son la norma en la salud pública del país.
A esta radiografía se suma un dato revelado esta semana: Essalud, que atiende a millones de asegurados y donde el diferimiento promedio nacional para una cita es de 23 días –pero llega a 80 en rehabilitación pediátrica en Lima–, ha tenido cuatro presidencias ejecutivas en lo que va del 2026, ninguna con más de tres meses en el cargo. Con esa inestabilidad ningún sistema funciona. Reducir las listas de espera exige continuidad en la programación de especialistas, en la inversión y en los procesos administrativos; exige justo lo que la alta rotación política impide.
El mérito de este especial es convertir la percepción difusa de un sistema colapsado en evidencia verificable, desagregada por hospital, región y especialidad. Ya no hay excusa para la indiferencia: los datos existen y están georreferenciados y actualizados. Un sistema de salud eficiente –uno que resuelva el primer nivel de atención, abastezca sus farmacias y sostenga a sus autoridades el tiempo suficiente para ejecutar una política– sigue siendo una aspiración postergada.
El país no necesita más diagnósticos: necesita que quienes gobiernan el sector los lean y actúen de forma inmediata para que el sistema de salud en el Perú sea lo que debería ser.