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El fin de Maduro
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A nadie que haya estado prestando atención debió sorprenderle demasiado la intervención militar de Estados Unidos sobre territorio venezolano este fin de semana. Las tropas estadounidenses venían acumulando fuerza cerca de la frontera desde hace semanas, y las amenazas del presidente norteamericano, Donald Trump, eran cada vez más frecuentes y en consonancia con su estrategia de seguridad nacional 2025, publicada en noviembre. En esta, la primera potencia global prometía más atención sobre Latinoamérica. Su foco estaría en el combate al narcoterrorismo y otras organizaciones criminales. Las cartas estaban sobre la mesa para quien quisiera verlas. Como resultado de la operación, Nicolás Maduro, dictador venezolano, y su esposa fueron capturados. EE.UU. lo juzgará ante un tribunal de Nueva York por cargos vinculados al terrorismo y narcotráfico.
Maduro estaba ya al margen de la ley. Robó con descaro las elecciones de julio del 2024 para perpetuar un régimen dictatorial y homicida que había sumido a su país en la pobreza y la desesperación. Las reverberaciones de su corrupción e incompetencia se sintieron en todo Latinoamérica. Por eso, por este lado del mundo no puede dejar de ser motivo de celebración su caída.
Hay, sin embargo, dos consideraciones importantes. La primera es que nadie debería sentirse demasiado seguro en un mundo en el que cualquier país grande puede sentirse con derecho a emprender una operación militar de este tipo sobre un país más pequeño, aun si el objetivo es alguien como Maduro. El deterioro de las reglas de convivencia internacionales –vigentes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial– es más evidente que nunca. EE.UU. ha interpretado que a ellos no se les aplican los tratados internacionales (otras potencias con ánimos expansionistas estarán contentas de oír ese mensaje).
En segundo lugar, aún no queda nada claro el futuro de Venezuela. La cuadrilla principal de Maduro, con personajes como Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, sigue vigente. Y si bien la administración de EE.UU. advirtió que las decisiones en Caracas se tomarían temporalmente desde Washington, la manera en que esto se implementará es desconocida (y el historial de este tipo de administraciones estadounidenses remotas tampoco es el mejor). Las siguientes horas serán críticas para restablecer el estado de derecho en el país. Cuba y Nicaragua observan el desenlace con atención. Pero la pesadilla del régimen chavista, iniciado en 1999, debe ya terminar. Luego de más de dos décadas, Venezuela merece que se respete por fin la voluntad del pueblo expresada en las urnas y que Edmundo González, el legítimo ganador de las últimas elecciones, gobierne una nación libre, pacífica y democrática.

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