El Comercio publicó ayer en exclusiva la encuesta de Datum Internacional respecto de la intención de voto presidencial para las elecciones generales que tomarán lugar en apenas dos meses.
Como es usual, cada candidato intentará construir una narrativa desde sus respectivas posiciones en el sondeo. A Rafael López Aliaga, aspirante a la presidencia por Renovación Popular, por ejemplo, su primer puesto le permite ir con aire más confiado en la campaña (a pesar de que su intención de voto no es demasiado alta, apenas uno de cada ocho encuestados lo prefiere). Otros de más abajo de la tabla prefieren argüir que la campaña aún no empieza y que la suerte se pondrá eventualmente de su lado, una vez que la ciudadanía aprenda las bondades de su proyecto político. Es por supuesto imposible que el destino electoral les sonría a todos. A la fecha, 24 candidatos tienen menos de 1% de intención de voto.
Pero la verdadera historia de la encuesta no está en los de arriba ni en los de abajo; está en el 42,5% de personas que afirma que no sabe por quién votar o que no votaría por ninguno. De este porcentaje, casi un tercio afirma que no se inclina por ninguna opción de la cédula porque “todos son corruptos”, y un porcentaje similar expresa que el proceso electoral le causa rabia o indignación. La distancia entre la clase política y los votantes a los que dicen representar nunca ha sido tan amplia.
Es difícil sobreestimar el peligro que esto representa para el país. En el mejor de los casos, la desconexión política de la ciudadanía permitirá que solo unos cuantos –los más interesados– definan el destino del país, lo que lleva a una seria pérdida de legitimidad democrática de las autoridades elegidas. En el peor de los casos, estos sentimientos pueden ser fácilmente explotados por demagogos y políticos antisistema que buscan “refundar” la nación a su estilo y conveniencia.
Como mencionó Urpi Torrado, CEO de Datum Internacional, los niveles de indefinición del electorado son especialmente altos en este proceso. Los agrupados en los espacios de ‘blanco’, ‘nulo’ y ‘no sabe’ representaban el 14% en el 2016, el 33% en el 2021 y hoy más del 40%. Varios candidatos miran este gran pedazo del pastel electoral por repartir con esperanza y apetencia. El resto del país más bien deberíamos mirarlo con suma preocupación.