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Editorial: Los viejos hábitos

Bastó que Fuerza Popular sintiera que su lideresa recuperaría la libertad para que retomase su tono hostil.

Editorial

Fuerza Popular

La bancada de Fuerza Popular, liderada por su vocero Carlos Tubino, en una conferencia con medios de prensa desde el Palacio Legislativo, el pasado 21 de diciembre. (Foto: Congreso).

Foto: Congreso de la República.

En los últimos días, y a medida que se vencía el plazo estipulado por la ley, la expectativa de que la Segunda Sala Penal de Apelaciones –integrada por los magistrados César Sahuanay, Iván Quispe y Jéssica León– había llegado ya a una resolución en el caso del pedido de la lideresa de Fuerza Popular (FP), Keiko Fujimori, para que le sea revocada la prisión preventiva por 36 meses que rige en su contra, y que dicho fallo sería favorable a los intereses de la ex candidata presidencial, gatilló una serie de reacciones entre los simpatizantes de FP.

Y, aunque a estas horas el panorama sobre la libertad de la señora Fujimori sigue siendo brumoso, sí existe un aspecto vinculado al fallo, principalmente en el ámbito político, bastante evidente y que no deja espacio para la conjetura.

Nos referimos al retorno del tono hostil en el discurso de FP hacia el Ejecutivo desde que empezó a divisarse la liberación de Keiko Fujimori como una posibilidad.

Lejos parece haber quedado, en efecto, la invocación de la lideresa del fujimorismo al presidente Martín Vizcarra –planteada prácticamente en la víspera de su reclusión en el Penal Anexo Mujeres de Chorrillos– para construir “una agenda de reencuentro nacional”. “Terminemos juntos esta guerra política reconociendo que todos hemos sido parte de ella”, propuso ella en aquel entonces. Y, en consonancia con ese propósito, anunció también cambios en la estructura partidaria y la bancada naranjas, destinados a establecer una nueva atmósfera en la relación con el Gobierno.

Uno de ellos, como se recuerda, consistió en trasladar la vocería del equipo parlamentario de Úrsula Letona a Carlos Tubino, quien al asumir el encargo a fines de octubre aseveró: “Vamos a cambiar el tono. No vamos a entrar a un tono confrontacional. Vamos a mejorar esa forma de expresarnos ante la ciudadanía”.

Sin embargo, casi dos meses más tarde y mientras los trascendidos sobre la posible salida de la señora Fujimori de su encierro ganaban en intensidad, el tono hostil tendió a reaparecer. Así, aunque después haya sostenido que no fue eso lo que quiso decir, Tubino habló el pasado 11 de diciembre de la creación de una inverosímil ‘policía política’ por parte del Gobierno (que es el único que puede ‘crear’ policías) y unos días después llamó al actual jefe del Estado “un dictador [que] no necesita bancada [y] no necesita Congreso”.

Además, como si hubiera olvidado que ya se había comprometido a hacerlo, añadió poco después: “Nosotros tenemos que bajar el tono”.

A estas palabras del vocero, por otra parte, habría que sumar las conceptuosas elucubraciones de caracterizadas parlamentarias de FP, como Rosa Bartra o Karina Beteta, sobre una presunta persecución política a su lideresa. Expresiones, en fin, que sugerirían que el clamor por una nueva etapa en la relación con el Gobierno y la implícita admisión de lo innecesario de sus pasadas asperezas fueron simplemente producto de la situación de debilidad en la que se sentían ante la inminencia de la detención preventiva de la señora Fujimori.

¿Quiere eso decir que con ella en una eventual libertad vamos a volver a la confrontación de hace dos meses? ¿Responde esa actitud a una estrategia del fujimorismo para la etapa post-referéndum o es sencillamente una consecuencia de que los viejos hábitos no mueren con facilidad?

La verdad es que, de una u otra forma, el escenario que se abriría con esta reanudación de las hostilidades sería muy malo para el país. Por lo que tanto el Ejecutivo (que también ha hecho lo suyo para sostener la tensión con el Legislativo tras la consulta popular del 9 de diciembre) como la mayoría congresal deberían hacer un auténtico esfuerzo por ‘cambiar el chip’ de este prolongado forcejeo, que a la larga terminará arrastrando a todos en su descrédito.

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