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El provocador
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Gustavo Petro lleva ya más de tres años como presidente de Colombia, pero hasta ahora parece no haberse enterado de qué va su encargo. Esta semana protagonizó un bochornoso incidente en las calles de Nueva York, Estados Unidos, mientras visitaba la ciudad para participar de la Asamblea de las Naciones Unidas.
Petro, como era previsible, usó su tiempo en el podio de la reunión de líderes para atacar la política de Estados Unidos en varios frentes (por su ayuda a Israel en su guerra contra Hamas, por su ataque a barcos con supuestos cargamentos de droga en el Caribe, entre otros). Incluso pidió que se abra un proceso penal en contra de Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Su retórica es conocida.
Sin embargo, el mandatario colombiano cruzó la línea cuando decidió participar en protestas callejeras en contra de la presencia en la ONU de Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, y de la continuidad de la guerra en Gaza. Ahí pidió a los militares de Estados Unidos desobedecer las órdenes del presidente Trump y más bien obedecer “la orden de la humanidad”. En consecuencia, el Departamento de Estado de Estados Unidos indicó que “por estas acciones imprudentes y provocadoras” le revocaba la visa a Petro, a lo que él respondió con su característica soberbia diciendo que entonces ingresaría a Estados Unidos utilizando su acceso de ciudadanía europea (el cual, dicho sea de paso, puede ser fácilmente revocado también).
Gustavo Petro tiene derecho a mantener la opinión que quiera, pero como presidente y máximo representante de Colombia, durante un viaje oficial nada menos que a las Naciones Unidas, no tiene derecho a llamar a la insurrección a las fuerzas militares de ningún país. Dadas sus constantes denuncias sobre las supuestas intromisiones de los países desarrollados en las políticas latinoamericanas, no estaría de más preguntarse cómo reaccionaría él si el presidente Trump hiciera un pedido similar a las fuerzas armadas colombianas.
A pesar de sus años en el cargo, el presidente de Colombia nunca logró entender que su alta posición exige de él mesura, estrategia y respeto. Más bien, Petro ha aprovechado el puesto para crear división dentro y fuera de Colombia, al tiempo que airea desde la presidencia sus rencillas y antipatías personales. Aquí, por ejemplo, el mes pasado el Congreso Peruano lo declaró persona non grata debido a “sus declaraciones y actos que desconocen y atentan contra la soberanía territorial del Perú.” Falta ya menos de un año para el cambio de mando en Colombia, y, con algo de suerte, Petro no debería pasar de ser entonces solo un mal recuerdo para el país y su diplomacia.

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