En los últimos años, Irán ha vivido tres grandes oleadas de manifestaciones: en el 2019, en el 2022 y en la actualidad. Todas ellas tuvieron varias similitudes: fueron violentamente reprimidas por las fuerzas del orden, las autoridades sumieron al país en un apagón tecnológico para ocultar la sangría que desataron y, pese a que las motivaron temas puntuales (el aumento del precio de los combustibles, la muerte de una joven en custodia policial), desembocaron en una crítica general al régimen que gobierna el país pérsico desde 1979.
Pese a ello, sin embargo, lo ocurrido estas semanas en Irán es también novedoso. Como han explicado los expertos, quienes salieron a protestar esta vez no fueron necesariamente jóvenes universitarios, colectivos feministas ni grupos progresistas de la sociedad, sino comerciantes, tradicionalmente conservadores y renuentes a movilizarse, hartos de una economía asfixiada por la corrupción, una alta dependencia del petróleo y la falta de socios comerciales. Pero el perfil de los manifestantes no fue la única novedad; la represión del régimen alcanzó niveles inusuales de violencia, incluso para sus propios estándares.
En el 2019, por ejemplo, se calcula que murieron entre 200 y 400 manifestantes (es imposible establecer una cifra exacta por el velo informativo que impera en el país). Tres años después, tras las protestas por la muerte de la joven Mahsa Amini, la ONU cifró en 551 las víctimas de la represión. Este año, según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos, más de 2.500 iraníes han muerto en movilizaciones, mientras que “The New York Times” reporta que dos funcionarios reconocen unas 3.000 víctimas; una masacre que da cuenta de lo acorralado que se siente el régimen y que la comunidad internacional no debería pasar por agua tibia.
Es evidente que, a casi medio siglo de haber llegado al poder, el sistema de los ayatolás se encuentra ampliamente desacreditado, no solo a ojos del mundo, sino de sus propios ciudadanos. Y que un sistema que se erigió sobre la base de un control férreo de la sociedad, el sometimiento de las mujeres y el antiamericanismo como excusa para taparlo todo, ya no es capaz de convencer a una población que ve cómo sus autoridades se gastan el dinero en sufragar programas nucleares y grupos extremistas en otros países, y no en mejorar las condiciones de vida de su población.
Seguramente, el régimen continuará acallando las voces de los manifestantes a sangre y fuego, pero ya es innegable que su proyecto político, para millones de iraníes, ha caducado.
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