Los Pulpos son una organización criminal que viene sembrando el terror desde hace décadas en La Libertad y que ha extendido sus tentáculos a otros países de Sudamérica. Cada cierto tiempo, sus crímenes hacen que vuelvan a cobrar notoriedad. Sin embargo, cuando las noticias dejan las primeras planas, las autoridades parecen olvidar su existencia. No obstante, esa amnesia institucional tiene un costo en vidas humanas.
Esta semana, dos hechos puntuales han vuelto a centrar la atención sobre esta sanguinaria banda transnacional. Por un lado, el secuestro del empresario minero Jenss Marty Lara Tantaquilla y el brutal asesinato de cuatro personas que viajaban con él. Por otro, la captura efectuada en Bolivia de Jhonsson Smit Cruz Torres, Jhonsson ‘Pulpo’, sindicado como cabecilla de la red e incluido desde el 2022 como uno de los delincuentes más buscados del programa de recompensas del Ministerio del Interior.
El secuestro y los asesinatos registrados en pleno centro de Trujillo a manos de sicarios disfrazados de efectivos policiales ponen en evidencia el nivel de organización, equipamiento y capacidad operativa que estos grupos criminales han alcanzado tras años de impunidad. Y Los Pulpos no son los únicos.
Quienes están a cargo de la toma de decisiones deben entender la magnitud del problema. De nada sirven los intentos forzados por convertir la lucha contra el crimen en rédito político o mediático, ni las declaraciones improvisadas o los comentarios públicos que no respondan a una estrategia previamente coordinada. Una crisis de esta gravedad exige conducción, coherencia y una sola línea de acción y comunicación. La ciudadanía no necesita el ‘selfie’ de un ministro de Estado como el que publicó Rafael Belaunde, ni verlo sentado frente a un delincuente. Tampoco una sucesión de anuncios, opiniones o gestos aislados. Exige resultados: poder sentirse segura junto con su familia o emprender un negocio sin que ello represente involucrarse en una actividad de alto riesgo a causa de las extorsiones y el sicariato.
La captura de Jhonsson Smit Cruz Torres, sobre quien pesaba una orden de captura internacional por los delitos de homicidio calificado, sicariato, organización criminal y secuestro agravado, entre otros, es un buen primer paso y también una muestra de que, frente a organizaciones criminales que trascienden las fronteras, la coordinación entre las autoridades encargadas de enfrentarlas también debe hacer lo mismo con sus pares internacionales para obtener buenos resultados.
Esta labor se produjo tras un trabajo de inteligencia que involucró a agentes policiales de Bolivia y el Perú, así como a personal de la DEA y del FBI. Una captura puede ser el primer paso, pero el objetivo final debe ser el desmantelamiento total de esta red. El verdadero éxito llegará cuando Los Pulpos ya no tengan más tentáculos que extender.