El general Óscar Arriola se había convertido en una carga política para el gobierno. Ya no era solo la izquierda la que cuestionaba su permanencia al frente de la Comandancia General de la Policía Nacional del Perú (PNP), sino también Renovación Popular, bancada clave para el Ejecutivo en el Congreso. Incluso, desde el propio Gabinete, el ministro de Trabajo, Juan Sheput, había solicitado públicamente su salida.
El problema de la inseguridad en el país obedece a varios factores y no se pueden individualizar las culpabilidades cuando son muchos los responsables. Pero Arriola era el rostro visible de los malos resultados y venía arrastrando su desgaste desde hace tres gobiernos. Por ello, su renuncia, producto de un largo proceso de conversaciones, era necesaria.
Sería iluso creer que la decisión del alto oficial, anunciada este domingo en Palacio de Gobierno, pondrá punto final a una crisis que lleva años. Resuelve, por ahora, un problema político. Arriola no podía ser destituido por el Ejecutivo, pues estaba blindado por una ley que el Congreso anterior aprobó con el respaldo, entre otros, de Fuerza Popular.
El nuevo comandante general de la PNP, Fredy López Mendoza, tiene en sus manos un desafío nada fácil: recuperar la seguridad y la confianza de los ciudadanos. Para enfrentar el avance del sicariato y la extorsión, deberá combinar inteligencia, investigación y prevención, pero también emprender una depuración firme dentro de la institución. Con frecuencia salen a la luz casos de agentes policiales involucrados en actos criminales. Una policía que tolera a malos elementos en sus filas difícilmente podrá recuperar la credibilidad de una población que exige protección y resultados.
Otro reto pendiente es mejorar la comunicación institucional. Cualquiera no puede fungir de vocero. Se deben evitar espectáculos bochornosos como el protagonizado por el general PNP Víctor Revoredo, jefe de la Dirincri, quien huyó en vivo de las preguntas incómodas de una entrevista televisiva usando como pretexto una llamada telefónica.
Lo que el país necesita no es solo un cambio en el alto mando policial ni nuevos rostros que reemplacen a los antiguos. Requiere una estrategia para derrotar al crimen, eliminar el temor de salir a las calles y devolverle al ciudadano la confianza de que el Estado puede protegerlo.