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Editorial: El otro sendero

No hay ruta hacia el desarrollo que no pase por mejoras de productividad.

Editorial

La productividad del Perú es de las más bajas de la región

Si hubiera que elegir un solo concepto económico que sea tan fundamental como poco conocido, ese es sin duda la productividad. Mientras otras variables económicas que en ocasiones no son sino caminos para alcanzar una mayor productividad (por ejemplo, la infraestructura, la informalidad, la estabilidad macroeconómica, entre tantas otras) ocupan titulares y reflectores, a la productividad difícilmente se le concede el protagonismo que merece. Esto a pesar de ser el fin último tácito de tantas políticas y esfuerzos.

La advertencia no es para menos. Más allá de los arreglos institucionales, de tendencias u orientaciones económicas, no hay país que haya logrado desarrollarse sin mejoras en sus indicadores de productividad general. Ese es quizá uno de los pocos hechos en que una ciencia tan plagada de medias verdades como la economía ha logrado ponerse de acuerdo.

Para ser claros, la productividad no es sino una medida del buen uso de los recursos disponibles para producir, sean estos horas trabajadas, equipos, maquinaria, terrenos o una combinación de todos. Es, en otras palabras, producir más bienes y servicios que la gente valore utilizando igual o menos esfuerzo y costos. Y en este aspecto tan básico y fundamental, el Perú parece haber mejorado muy poco.

De acuerdo con un reciente trabajo presentado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la productividad total de factores del Perú en los últimos 45 años cayó, en promedio, 0,3%. El decrecimiento de la productividad contrasta con las expansiones de otros países de la región andina como Bolivia (+0,1%), Colombia (+0,2%) y Ecuador (+0,7%). Si bien este promedio de cuatro décadas y media esconde ciclos pronunciados de crecimiento y de contracción, y que la metodología puede estar sujeta a escrutinio, el mensaje final para el Perú es claro: el avance ha sido exiguo.

Según el documento, “en una perspectiva internacional, la crisis actual de Venezuela se compara muy de cerca con la del Perú, que solo recuperó el nivel de productividad que tenía antes de la crisis 26 años y un boom de commodities después”, en referencia al descalabro de la economía nacional entre 1987 y 1990. En parte por eso, el peruano promedio trabaja hoy más horas que el trabajador típico de la zona OCDE, pero su productividad laboral es 60% menor.

El problema toma una dimensión aun mayor cuando se habla de la zona rural. Aproximadamente uno de cada cuatro peruanos está vinculado a la actividad agropecuaria, pero la productividad por trabajador en el sector es la mitad de la de Colombia, un tercio de la de Brasil, un séptimo de la de Argentina, y un treintavo de la de Canadá. Al margen de las transferencias y buena voluntad que puedan tener los gobiernos de turno, los altos índices de pobreza en el agro serán imposibles de revertir mientras su productividad siga en niveles tan bajos. En la última década esta ha subido gracias a mejoras en conectividad, acceso a mercados y a capital, y ciertas mejoras tecnológicas, pero el camino por delante aún es largo.

No menos larga, obviamente, es la agenda pendiente nacional para un verdadero impulso de la productividad en el largo plazo. Esta va desde infraestructura hasta educación, pasando por salud, mercado laboral e incluso el sistema de justicia. Con una lista tan extensa uno podría estar tentado a preguntarse por dónde empezar, y la respuesta es simple: definiendo un norte común hacia dónde encaminar esfuerzos que parecen hoy dispersos y poco eficaces. Y mientras antes descubramos que ese norte común se llama productividad, mejores chances tendremos.

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