(Foto: Presidencia)
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Editorial El Comercio

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En las últimas semanas, una gran incertidumbre sobre la lucha contra la pandemia del COVID-19 se ha instalado en la ciudadanía. Especulaciones sobre la llamada “segunda ola” y las cifras que sugerirían que esta ya empezó, rumores sobre el regreso a severas medidas restrictivas e información reciente acerca de la adquisición y llegada de vacunas que desmiente anuncios oficiales hechos anteriormente han venido alimentando ese sentimiento de manera cotidiana.

En ese sentido, la noticia de que el presidente Francisco Sagasti y su Gabinete ofrecerían una conferencia de prensa después del Consejo de Ministros levantó ayer una considerable expectativa sobre la posibilidad de que todas las interrogantes que la situación ya descrita suscitaba fuesen absueltas. Lamentablemente, no fue eso lo que ocurrió. En lo que concierne por lo menos al tema de la pandemia, más que despejar dudas, el Gobierno sembró en realidad algunas nuevas.

La única idea clara sobre el particular que los representantes del Ejecutivo comunicaron ayer fue que en los días 24, 25 y 31 de diciembre, así como el 1 de enero del próximo año, la circulación de automóviles privados estará prohibida. De manera un poco más vaga, se notificó también sobre algunos ajustes en los aforos de los centros comerciales a los que la gente ha estado acudiendo masivamente en las últimas semanas.

Había, sin embargo, otras preguntas importantes que no fueron verdaderamente respondidas, a pesar de que varios de los periodistas presentes se hicieron eco de ellas. ¿Se ampliarán las horas del toque de queda en las fiestas? ¿Se regresará a la fase 3 de la reactivación económica? “Por ahora, no”, fue la contestación más socorrida acerca de esas materias: una fórmula en la que el giro que queda resonando en la mente de quien escucha es “por ahora”.

¿Es verosímil acaso que, a nueve días de la Navidad y sobre la base de lo que ha venido ocurriendo hasta ahora, las autoridades no tengan una proyección de lo que probablemente sucederá de aquí a entonces y no puedan hacer un anuncio más terminante al respecto? La verdad es que no, pero aparentemente dejar una puerta entreabierta resulta siempre una opción tentadora para quien pueda temer las consecuencias políticas de lo que se diga hoy.

Las mayores incógnitas, no obstante, eran las que existían en torno a la vacuna. La ciudadanía quería saber por qué las promesas que, a propósito de ella, se le hicieron desde el Gobierno a lo largo del año (y que incluían plazos de llegada, números de dosis y órdenes de prioridad para recibirla) de pronto habían sido descartadas. ¿Hubo engaño o exceso de optimismo? ¿Indolencia o incompetencia? Y si todo esto era atribuible a la administración encabezada por Martín Vizcarra, ¿cuál era el nuevo cronograma al que los actuales responsables de enfrentar el problema se podían comprometer?

Nada de eso obtuvo respuesta. Pronósticos vagos sobre cantidades ignotas de vacunas que seguramente llegarán en algún momento entre el primer y el cuarto trimestre del próximo año fue todo lo que se repitió ante demandas concretas de los periodistas. Y alusiones al contraste entre lo que tendría que ocurrir en “un mundo ideal” y la dura realidad de un “escenario cambiante” fueron toda la explicación sobre por qué lo que se ofreció meses atrás terminó diluyéndose en el éter.

Se diría que, en el afán de asegurar la continuidad al frente de la cartera de Salud de la ministra Pilar Mazzetti (quien, como se recuerda, ocupó esa misma posición durante el gobierno del señor Vizcarra), se evitó deslindar responsabilidades con la gestión anterior.

Pero eso está lejos de ser una actitud sensata, porque lo cierto es que con un escenario igual de cambiante, muchos otros países cerraron tratos que les garantizaron la llegada de la vacuna y no solo acuerdos preliminares, como el nuestro. Y tratar de cubrir las causas de eso con follaje retórico termina ocasionando que las dudas que existen a propósito de la eficacia de la administración anterior se extiendan al actual.

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