(Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)
(Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)

Hace cuatro años, un simpatizante del me dijo que el califato del grupo era más resistente de lo que creía y sobreviviría a una pérdida casi total del control territorial. “Mientras haya una calle en una aldea donde el califa cumpla con la ley islámica”, me dijo, “la ‘dawla’ será legítima” (‘dawla’ significa ‘estado’ en árabe). Todos los permanecerán obligados a viajar allí, dijo. Ningún califa rival podría desafiar a Abu Bakr al-Baghdadi, el líder del Estado Islámico, siempre que gobernara esta ruta y lo hiciera de acuerdo con el islam.

La semana pasada, el califato finalmente se redujo a ese único sendero, y el 23 de marzo desapareció por completo.

Las Fuerzas Democráticas de saquearon el último barrio del Estado Islámico en la ciudad de Baghuz, al este de Siria, después del hostigamiento que duró una semana. En un reciente video atribuido al Estado Islámico, la zona parecía un pequeño depósito de chatarra defendido por vagabundos. Varios años atrás, el Estado Islámico circuló grabaciones de sus combatientes que vivían entre piscinas y tiendas bien abastecidas. En el primer video mencionado, parecía que nadie se había bañado durante semanas. Muchos de los habitantes andaban con muletas y algunos de los pocos transportes que se usaban eran sillas de ruedas.

Ver al Estado Islámico reducido a estas vejaciones es un placer que vale la pena saborear. Sin embargo, ahora que lo hemos hecho, es hora de enfrentar la amenaza que permanece. Se trata de un peligro sistémico.

Se cree que más de 40.000 extranjeros han viajado al territorio controlado por el Estado Islámico y la mayoría están desaparecidos. David Malet, un científico político de American University que estudia a combatientes extranjeros, me dijo que cuando estos viajaban a zonas de guerra en el pasado, morían a un ritmo de aproximadamente un tercio. Incluso si asumimos que, digamos, la mitad de los combatientes extranjeros del Estado Islámico están muertos –después de todo, muchos se unieron al grupo para morir–, eso deja a unos 20.000 vivos.

Tenemos una escasa idea de dónde están y no los contamos en Baghuz. En las últimas semanas, los combatientes del Estado Islámico y los civiles han emergido de la ciudad como si salieran de un carro de payasos. La visión más asombrosa de la semana pasada pudo haber sido un video que mostraba a los combatientes que se habían rendido, prefiriendo el cautiverio al martirio, en una línea de más de 250 hombres. Sin embargo, muchos más combatientes pueden estar escondidos en el campo que los que se entregaron o murieron en Baghuz.

El Estado Islámico ha tenido años de preparación para este momento y durante algún tiempo ha indicado que se resignó a perder eventualmente parte o todo su territorio. En mayo del 2016, su portavoz, Abu Muhammad al-Adnani, les estaba diciendo a los seguidores en el extranjero que no se molesten en viajar a Siria.

“Si uno de ustedes desea y se esfuerza por llegar a las tierras del Estado Islámico, entonces cada uno de nosotros desea estar en su lugar para hacer ejemplos de los cruzados, día y noche, asustándolos y aterrorizándolos, hasta que cada vecino tema a su vecino”, dijo en un mensaje de audio. Desde entonces, algunos simpatizantes se quedaron en el encogido califato, mientras que otros se quedaron en el extranjero o abandonaron el territorio condenado para perpetuar los ideales del grupo y volver a engendrarlos en otra parte.

Para ver cómo se realiza este proceso, solo se necesita mirar a sus antepasados. Los fundadores del Estado Islámico estaban formados por veteranos de Al Qaeda que escaparon de la destrucción por parte del ejército estadounidense y las tribus sunitas en Iraq. El retiro táctico les sirvió bien y el Estado Islámico no ha perdido la sabiduría institucional que les permitió a esos hombres sobrevivir y luego recuperar territorio, primero lentamente, luego en el 2014. Lograron posicionarse como guardianes de los sunitas que no confiaban en el gobierno liderado por los chiitas en Bagdad o en el liderado por los alauitas en Damasco. Ni Iraq ni Siria han restaurado la confianza de los sunitas.

De los más de 40.000 extranjeros que se unieron al Estado Islámico, varios miles han regresado a sus países de origen, no siempre para enfrentar un proceso judicial. A algunos pesimistas les preocupa que estos repatriados constituyan un grupo que trabaja para sus enemigos. La historia sugiere que nuestras preocupaciones no deben ser tan estrechas.

El peligro proviene no solo de los conspiradores, sino también de sus ideas. La propagación de la ideología del Estado Islámico fue anterior a la declaración de un califato, y sucedió de manera silenciosa, a través de los esfuerzos de muy pocos individuos. Los repatriados de la yihad no siempre pelean de nuevo, pero su pasión puede infectar a otros. Los árabes veteranos de la guerra afgana en la década de 1980 influyeron en la generación que luchó en Iraq. El número de repatriados del Estado Islámico ahora puede hacerlos pequeños.

En unos pocos años, incluso algunos de los condenados por delitos terroristas volverán a ser libres (recuerde, los europeos tienden a no encerrar a las personas como lo hacen los estadounidenses). Considere a John Walker Lindh, el estadounidense que luchó por Al Qaeda en Afganistán y fue condenado a 20 años en una prisión federal en el 2002. Su libertad está programada para mayo y parece haber sido un extremista devoto. Tales ideas no se disuelven confiablemente con el tiempo. A veces se vuelven más fuertes. Prepárese para una nueva ola de verdaderos creyentes, reclutados por los antiguos.

El Estado Islámico es como el herpes: puede ser controlado pero nunca curado. Siria está cicatrizando las heridas y podría comenzar a sanar. En otros lugares, sin embargo, la condición está inactiva en el mejor de los casos. Podría reactivarse.

–Glosado y editado–
© The New York Times