(Foto: Alonso Chero)
(Foto: Alonso Chero)
Andrés Calderón

Jefe del Departamento de Derecho de la Universidad del Pacífico

Hay publicaciones que uno no decide escribir, pero igual las escribe. El tema te conmina y domina. ¿Cómo un profesor de Derecho puede evadir pronunciarse sobre la , mientras los destapes y escándalos someten a su profesión?

Eduardo Herrera no pudo evitarlo. Hace un tiempo abandonó el Código Penal, los gemelos y las coimas. Y este año nos presentó “El cerebro corrupto”, obra que tuve el agrado de comentar en la Feria Internacional del Libro de Lima.

El libro nos muestra la corrupción por dentro, en la voz propia de quien reconoce haber sobornado a policías, jueces y fiscales a diario. Pero el texto va mucho más allá del testimonio. Nos enfrenta con un sistema de justicia diseñado para no funcionar. O mejor dicho, para funcionar con el ‘aceite’ adecuado. Las denuncias penales no sirven para llevar a los delincuentes a la cárcel, sino para asustar o ‘ajustar’ a alguien. Para capturar a un prófugo, no basta con una buena inteligencia policial; hay que superar a la ‘contrainteligencia’ policial que ayuda al prófugo a ‘desaparecer’. Si no, miren el caso de Félix Moreno, el sentenciado exgobernador regional del Callao Félix Moreno que, según fuentes de “Perú 21”, quintuplica la recompensa a quien pretende entregarlo.

Todos tienen algo que ganar con la corrupción. Desde el tinterillo que cobra S/5 por firmar un escrito, pasando por el auxiliar judicial al que hay que darle un ‘cariño’ de S/50 por una copia, pagando ‘peaje’ de S/500 al secretario por ‘mover’ el caso, hasta la puerta del juez que tiene una ‘tarifa’ de S/5.000 por un voto favorable al ‘cliente’. Todo vale, pues los abogados “no defendemos culpables o inocentes, sino clientes” (Herrera).

¿Cómo ser un periodista de judiciales y no denunciar la precariedad del sistema? Rodrigo Cruz, investigador del documental , nos muestra expedientes judiciales de 240 tomos, 72.000 hojas, 1,60 m de alto por 2 m de ancho. ¿Alguien va a leer todos esos árboles mutilados en A4 y 80 gramos? ¿Los jueces, los secretarios, los abogados siquiera?

El está desbordado, porque jueces, fiscales y litigantes saben nadar en ese océano de papel, mientras el resto de mortales se ahoga. Los anaqueles del Poder Judicial vencidos por el peso de expedientes amarillentos y taladrados son la alegoría perfecta de nuestro sistema de justicia. Torcido en planos. Chueco ‘by design’.

Una justicia de papel y solo en el papel. Que no mira rostros ni investiga hechos. Vive de la apariencia del formalismo. “Solo existe el expediente”. Y si usted cree que eso solo ocurre en las atiborradas oficinas del Alzamora o Abancay, es hora de romper su ‘burbuja OCDE’. Soy testigo y víctima de ese mundo de papel, de burócratas con gríngola, que no miran hechos sino documentos; que ralentizan procedimientos, atornillados en sus escritorios dentro de una supuesta ‘isla de eficiencia’ regulatoria.

El papel, mientras más voluminoso e ininteligible, se convierte en la estrella del magisterio de la injusticia en el Perú. Moneda de cambio para los cazadores de coimas y perita en dulce para la arbitrariedad y mediocridad burocráticas.

Cada cierto tiempo se discute la ‘reforma’ del sistema de justicia. Pasó durante este quinquenio. Pasará en el siguiente. Y cada vez llego más al convencimiento de que no hay voluntad de reforma, sino estrategias de supervivencia. Pasadas de pintura y resanes superficiales para que no nos tumben el ‘edificio galleta’.

Pues todos ganan con la corrupción. Gana el tinterillo sus S/5 y gana el abogado de prestigioso bufete con US$500.000 en ‘offshore’ y ‘codinome’ en Odebrecht. Pues se necesitan dos para bailar tango, pero reservemos a esos danzantes para una siguiente entrega…