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Despacito, media vuelta y para atrás; por Enzo Defilippi

"Creo que la solución no pasa por rebajar el nivel del examen para que aprueben todos, sino por preparar bien a quienes tienen que darlo".

Enzo Defilippi Profesor de Pacífico Business School

Inversión pública

"Hasta la mitad del año los gobiernos regionales solo habían ejecutado el 20% de sus presupuestos de inversión". (Foto: GEC).

Foto: El Comercio.

La semana pasada, el ministro de Economía reveló que hasta la mitad del año los gobiernos regionales solo habían ejecutado el 20% de sus presupuestos de inversión. Que algunos, ni eso, cuando se esperaría que ya vayan por lo menos en 40%.

Si bien es usual que la ejecución sea baja durante el primer año de autoridades recién electas (es el caso de las regionales y municipales), el resultado viene siendo mucho peor que en años anteriores. El hecho de que la caída también sea severa en el gobierno nacional (a junio la ejecución solo alcanza el 25%), que no tiene la excusa de estar pasando por una curva de aprendizaje, es un poderoso indicador de que la explicación viene por otro lado.

En mi opinión, la inversión pública enfrenta dos problemas: uno estructural y otro coyuntural. El primero ocurre porque gastar dinero público es objetivamente difícil. Aun si no sufriésemos de exceso de celo y control que sí sufrimos (y que explica gran parte del “miedo a firmar” que aqueja a los funcionarios públicos), el gasto público debe seguir una serie de procedimientos que aseguren objetividad y transparencia. Es decir, siempre va a ser complejo.

Hasta ahora, se ha intentado solucionar este problema ideando procedimientos administrativos cada vez más simples, hasta el punto de desnaturalizar su razón de ser. El resultado ha sido la aprobación cada vez más frecuente de proyectos tan mal hechos (dudosa rentabilidad social, expedientes técnicos para el olvido) que terminan ejecutándose en un dos por tres: cuestan el doble y demoran el triple.

Yo, como profesor, creo que la solución no pasa por rebajar el nivel del examen para que aprueben todos, sino por preparar bien a quienes tienen que darlo. Lamentablemente, este enfoque, por ser de largo plazo, no combina bien con las expectativas de ningún gobierno, que usualmente mide su éxito de acuerdo con el número de obras que ejecutó.

Pero los problemas estructurales no pueden explicar por qué la ejecución es especialmente baja este año. Desde mi punto de vista, ello ocurre por la combinación de dos factores. Primero, la falta de ‘punche’ del gobierno. En mi experiencia, la burocracia solo ejecuta cuando se le presiona desde arriba, y no veo a nadie en la administración Martín Vizcarra encargándose de ello. Hoy todo viene ejecutándose al ritmo de la canción de moda del 2017: des-pa-ci-to.

La segunda razón es la poco feliz reforma del sistema de inversión pública iniciada en la administración Kuczynski: el cambio del SNIP a Invierte.pe. Digo poco feliz porque, por un lado, el mayor problema en la ejecución nunca estuvo en la etapa de análisis (SNIP), sino en la de, ejem, ejecución. Por otro, porque para que tenga sentido pasar de un sistema en el que se requiere un estudio a otro en el que basta una ficha que asegure que un proyecto cierra brechas sociales, la lógica indica que esas brechas deben estar previamente identificadas al nivel en el que se ejecuta el proyecto (distrital, provincial, regional). Pero Invierte.pe empezó sin ellas. Luego, como el sistema no caminaba, se reformó y volvió a reformar. Hoy escasean los funcionarios que lo entienden. Media vuelta y para atrás.

Se trata de un problema difícil de solucionar. Más aun cuando nadie busca hacerlo.

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