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Despidos como cancha, por Carlos Adrianzén Cabrera

Los ministros de Economía y Finanzas no tienen la capacidad de hacer todas las cosas que un candidato apresurado plantea.

Carlos Adrianzén Decano de la Facultad de Economía de la UPC

Despidos como cancha, por Carlos Adrianzén Cabrera

Despidos como cancha, por Carlos Adrianzén Cabrera

Cerrando el año, encontramos que hemos pasado de crecer a un promedio quinquenal por persona de 5,9% entre el 2006 y el 2010, a uno de 2,8% entre el 2011 y el 2015. Nuestro ritmo se redujo a la mitad. La razón: severos errores de gobierno que han contribuido al colapso simultáneo de la exportación y la inversión privada. La fe irreflexiva en el gasto público nos ha pasado la cuenta. 

Hoy la pregunta central sobre la economía peruana implica aclarar si seguiremos cayendo o si rebotaremos y comenzaremos a crecer nuevamente a ritmos significativos. 

Algunos juran que es imposible crecer más del 6% anual, pero la realidad muerde: los países bien gobernados lo hacen y por décadas. Así, en medio de esta disyuntiva, aparecen las propuestas de quienes aspiran a gobernarnos. 

Uno de los candidatos es el millonario César Acuña. Sin desmerecer el mérito demagógico de sus contendores, enfocar su caso trasciende lo folclórico. De hecho, configura un ejercicio interesante no solo por el peso electoral de sus millones, sino por la forma como presenta sus propuestas de gobierno. Frente a las interrogantes directas acerca de cómo las financiaría, el candidato responde que esto recién lo vería después, con quien esté a cargo de la cartera de Economía y Finanzas. Y plantea un sugestivo “ya veremos cómo hacer lo que decimos”.

Pero las cosas no son tan inocuas. Ya nos han tonteado muchas veces. Hoy las cuentas fiscales distan de ser boyantes. Quien llegue al gobierno heredará un escenario muy complicado. No solo recibirá un crecimiento económico desinflado, sino un déficit fiscal significativo y abierto, un dólar controlado, saldos mucho menores de reservas internacionales, una recaudación tributaria en caída libre, una deuda pública cara y encareciéndose y un fondo de estabilización fiscal iluso (como proporción de la escala ya acumulada del gasto burocrático).

Así, la nueva ministra se enfrentaría a opciones muy espinosas. O se acomoda a los requerimientos del elegido y resiste cuanto pueda o le explica que no hay forma de cumplir lo que –irresponsablemente– ofreció durante la campaña (elevar sueldos, jubilaciones, construir trenes bala). Esto a menos que haga ajustes en otros lados (como el propio candidato ofertó). 

Es decir, que reduzca presupuestos y planillas a un ritmo nunca visto; que incumpla compromisos fiscales (como la línea 2 del metro de Lima o la modernización de la refinería de Talara), y que asuma los abultados inconvenientes judiciales asociados a tomar este camino. Parafraseando a su mentor, la ministra tendrá que despedir, recortar presupuestos y enfrentar juicios de contratistas “como cancha”.

Por todo esto, el “ya veremos cómo hacer lo que decimos” involucra una combinación de demagogia e irresponsabilidad que ningún candidato serio debería permitirse. Los ministros de Economía y Finanzas de estos tiempos pueden ser técnicos seleccionados por su gran acomodo político y flexibilidad, pero no son magos. No tienen la capacidad de hacer todas las cosas que un candidato apresurado plantea.

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