El financiamiento de la infraestructura, por I. Alonso
El financiamiento de la infraestructura, por I. Alonso

Refiriéndose a los costos de construcción de la línea 2 del metro, que recientemente ha sido adjudicada a un consorcio internacional, el ex presidente Alan García comentaba en estas mismas páginas que las empresas que conforman el consorcio ganador “deberán buscar créditos y el costo financiero aumentará el precio global”. Incurre de esta manera en un error harto frecuente, que creemos conveniente despejar en la mente del lector.

Obviamente, si el consorcio toma un financiamiento para la construcción del proyecto, tendrá que pagarle al banco los intereses pactados, intereses que comenzarán a devengarse desde el momento mismo en que se desembolse el crédito, aun cuando el proyecto no haya comenzado todavía a operar. Eso, sin embargo, no quiere decir que los intereses encarezcan el proyecto.

Los intereses son el costo del financiamiento. Pero el financiamiento no es sino una fuente de fondeo alternativa, una fuente que reemplaza, en parte, al capital de los miembros del consorcio. Este capital al que reemplaza no es gratuito. Tiene también un costo, que no es otra cosa que la rentabilidad que los consorciados esperan obtener por su inversión. ¿Y por qué sería eso un costo? Porque si invierten su plata, digamos, en la línea 2, ya no podrán invertirla en otros proyectos que podrían darles una cierta rentabilidad. Su inversión en el proyecto A tiene que rendir lo suficiente como para compensar la rentabilidad que sacrifican al dejar de lado los proyectos B, C y D.

La razón por la que el consorcio o cualquier otro inversionista toma un préstamo es que normalmente la plata del banco es más barata que la suya. En otras palabras, la tasa de interés que cobra el banco es menor que la rentabilidad que el inversionista espera del proyecto. Y es natural que sea así porque cuando el proyecto comience a generar ingresos, el banco va a ser el primero de la fila para cobrar sus intereses.

Los intereses, en apariencia, encarecen un proyecto, pero solamente porque se muestran de manera explícita en el presupuesto del mismo. La rentabilidad que espera el inversionista, en cambio, no. Ambos, sin embargo, responden a un mismo fenómeno con similares consecuencias económicas: el paso del tiempo. El banco cobra un interés por el tiempo que usamos su plata. El inversionista también espera una retribución por el tiempo que va a tener su plata atada a un proyecto.

El factor crítico es el tiempo, no el hecho de que haya o no haya que pagarle intereses al banco. El tiempo, especialmente el que media entre el momento en que se ejecuta una inversión y aquel en que esta comienza a redituar beneficios, es determinante en la evaluación de cualquier proyecto de inversión, sea público, privado o público-privado.
Sería absurdo que un inversionista buscara un financiamiento bancario o de otro tipo (como, por ejemplo, vendiendo bonos a los fondos de pensiones) para terminar encareciendo su proyecto. El propósito de conseguir un financiamiento es todo lo contrario: se trata de ejecutar el proyecto con la combinación de capitales más barata que sea posible encontrar. Idealmente, uno quisiera hacer la inversión nada más que con la plata del banco y sin poner un sol. Pero eso generalmente no es factible porque el banco no va a querer asumir todo el riesgo, sino que el inversionista también tenga en juego su pellejo.