Inclusión y exclusión en la selva, por Richard Webb
Inclusión y exclusión en la selva, por Richard Webb
Richard Webb

Director del Instituto del Perú de la USMP

Hace treinta años conocí la selva norte peruana, donde se ubica . Aún no existía la provincia de Datem, cuya capital San Lorenzo era entonces una aldea, como otras minúsculas y solitarias poblaciones a lo largo del Marañon. Un amigo del lugar ofreció llevarme hasta el lago Rimachi, hermosa y poco conocida perla natural de la Amazonía. Subiendo el río Pastaza en la época seca, fue necesario bajar del peque peque en varios puntos del río para empujar la embarcación. Además del Rimachi, visitamos una aldea donde el apu me ofrendó un tradicional masato y luego una clase sobre los términos de intercambio. 

Ellos vendían productos de caza y otros de la selva, dijo, y compraban necesidades de la ciudad. Pero en esos tiempos inflacionarios los precios se habían distorsionado y el intercambio ya no les salía a cuenta. Había decidido entonces, viajar a Lima para exponerle esa situación al presidente . “Él es apu y yo también. Le voy a explicar que los precios ya no nos favorecen”. 

Hace unos meses, en forma inesperada entré otra vez en contacto con la selva norte. Sucedió cuando indagaba sobre esa región y un colega antropólogo me refirió a un ex alumno suyo radicado en San Lorenzo. Pensé que sería necesario hacer otro viaje épico para conocerlo, pero sorpresivamente me envió un mensaje desde la selva a través del Facebook, y se inició así un redescubrimiento de ese mundo. 

Mi nuevo amigo del resultó ser un antropólogo egresado de la PUCP que llevaba tres décadas trabajando como docente bilingüe en San Lorenzo y en comunidades cercanas. Llegó joven, se enamoró de la selva y de su actual esposa de la etnia Chayahuita, y se quedó. 

Después de los primeros contactos, no tuve noticias de él durante seis meses, hasta que nuevamente posteó un mensaje en que explicaba que había estado en una comunidad distante pero que había vuelto “a la ciudad”. Así empecé a darme cuenta de que San Lorenzo, antes pueblucho ribereño con casuchas de madera y calles de barro, ahora era ciudad, con construcciones sólidas, incluido un edificio de cuatro pisos, luz eléctrica, conexión digital, calles asfaltadas, instituto de educación superior pedagógico, mototaxis, y un fuerte y variado movimiento comercial. 

Pero la sorpresiva modernización y el progreso material venían acompañados de un nuevo contexto cultural. A San Lorenzo llega gente de la costa, sierra y comunidades del entorno. “Tú caminas por las calles y es un babel de lenguas indígenas. Alguien llama a su pueblo desde un teléfono público, o por celular, un grupo animado conversa en la plaza, en la cabina de Internet se comunica con algún cooperante o funcionario en alguna parte del país (o del mundo), y todo en lengua nativa. Las escuelas ya no permiten maestros castellanohablantes, a quienes se les llama mestizos”. Pese a ser bilingüe, casado con nativa y registrar tres décadas de trabajo en aldeas perdidas, mi corresponsal hoy se ve excluido de las oportunidades docentes por no ser nativo puro. 

Para remate, el rechazo desde abajo es acompañado de un cierre de puertas desde arriba, pues las reformas del Ministerio de Educación ahora imponen una mayor severidad en relación con la titulación, formalidad nunca alcanzada por el sacrificado maestro. Año tras año, optaba por cumplir con sus alumnos en olvidados lugares del interior antes que ausentarse para las capacitaciones y los trámites requeridos por el título formal. La recompensa para este profesional, con grado académico, quien dedicó su vida a la inclusión de otros, sería una pensión insignificante y el desempleo. Misterios del llamado progreso.