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Convivir con el enemigo, por Diego Macera

“El Perú funciona con un set de reglas importado que se adaptará bien a países formales, pero no aquí”.

Diego Macera Gerente general del Instituto Peruano de Economía (IPE)

Informalidad

“O reducimos de forma significativa la informalidad, o adaptamos las reglas para –mientras tanto– convivir con ella”. (Foto: USI).

Los primeros intentos de los ingleses para establecer una colonia funcional en Norteamérica fueron un completo fracaso. Ensayaron primero en Roanoke, hoy en Carolina del Norte, entre 1585 y 1587. Luego, en 1606, al mando del capitán Christopher Newport y con el auspicio de la Virginia Company, llegaron a la Bahía de Chesapeake y fundaron Jamestown. Su modelo de colonización estaba fuertemente influenciado por las huellas de Hernán Cortés en México y Francisco Pizarro en el Perú, de modo que el plan consistía básicamente en capturar al gran jefe local, suplantar a la aristocracia indoamericana y forzar a la población a trabajar para ellos y producir riqueza. En los planes de los colonos nunca estuvo trabajar ellos mismos.

Al poco tiempo, sin embargo, el colono John Smith (el mismo que siglos después volvería a cobrar vida en la Pocahontas de Disney) describió que las condiciones que hicieron exitosa la conquista de los españoles no se repetían más al norte: en esas tierras frías no había un poder político centralizado –como era el caso de los incas o los aztecas– y no había población a ser fácilmente subyugada. Sin alimentos, el invierno de 1609 a 1610 cobró la vida de casi el 90% de los habitantes de Jamestown, quienes recurrieron al canibalismo. Intentar implantar una sola manera de hacer las cosas en realidades distintas probó tener consecuencias funestas.

La reflexión viene a cuento a raíz de algunas reglas que se intentan aplicar en el Perú sin importar su realidad básicamente informal. Copiar modelos que funcionan para otros tiempos y otros lugares ha causado sistemas excluyentes y disfuncionales. Ejemplos hay varios. ¿Qué sentido tiene un mecanismo como Essalud –exclusivo para empleados formales dependientes que no llegan ni al 25% de la PEA–? ¿Por qué repetimos el mismo error con las AFP y la ONP? ¿Sabía usted que, ahora que viene la regularización del Impuesto a la Renta, solo uno de cada doce trabajadores lo paga? ¿Qué créditos pueden otorgar los bancos si las garantías que exigen son pagos de planilla, negocios formales o propiedades debidamente registradas?
En simple, el Perú funciona con un set de reglas importado que se adaptará bien a países formales, pero no aquí. Y se insiste tercamente en él. Lógicamente, las únicas salidas a este entrampamiento son dos: o reducimos de forma significativa la informalidad, o adaptamos las reglas para –mientras tanto– convivir con ella.

Sobre la primera, los intentos han sido abundantes. Desde la ley mype hasta los regímenes tributarios especiales RUS y RER. Y, sin embargo, la tasa de informalidad laboral no baja de 72%. De hecho, desde el 2012 a la fecha no se ha reducido nada, a pesar de que el PBI ha crecido. Eso no significa que se deba dejar de intentar formalizar, pero sí que algo estamos haciendo muy mal o que el problema es más profundo de lo que pensábamos.

El segundo camino es uno que reconoce las propias limitaciones, asume la realidad que por ahora toca vivir, y construye instituciones pensadas no para ese empleado teórico formal y ajeno, sino para la gran mayoría real. La informalidad no es dicotómica, está llena de grises; aprender a reconocer los matices y trabajar con ellos es más práctico que pretender que ese problema no existe.

En este campo –inexplorado– es que deben entrar iniciativas novedosas como, por ejemplo, aportes previsionales o de seguros a través de servicios públicos como luz o agua, desligarse por completo de la protección a puesto de trabajo y proteger más bien al trabajador y ciudadano, utilizar la nueva ubiquidad y poder de los teléfonos celulares para registrar pagos, entre muchísimas otras aún por analizar y probar. Querámoslo o no, la informalidad convivirá aún décadas con nosotros; mientras antes lo asumamos y reaccionemos acorde, tanto mejor para todos.

Luego del desastre de Jamestown, le tomó a Virginia Company más de una década enmendar rumbo. La lección que aprendieron, paradójicamente, es similar a la que nos toca aquí: que la manera de crear riqueza y desarrollo sostenido no es con castas de privilegiados y excluidos, sino con instituciones que reconozcan la realidad del lugar y den los incentivos correctos para invertir y trabajar.

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