El interés nacional y el destino del gas, por Iván Alonso
El interés nacional y el destino del gas, por Iván Alonso
Iván Alonso

Economista

De todas maneras teníamos que escuchar en la campaña electoral la propuesta, supuestamente nacionalista, de destinar al mercado interno el gas del lote 56 que actualmente se exporta. Pero si el interés nacional consiste, como creemos, en maximizar el valor de nuestros recursos naturales, no es en absoluto evidente que el gas deba quedarse y utilizarse en el Perú. ¿Qué usos podría dársele localmente? ¿Rinden un valor igual o mayor al que se obtiene exportándolo?

Lo primero que viene a la mente es el uso del gas como combustible para la generación de electricidad. Comparemos el valor de un millón de BTU (unidades térmicas británicas, la medida estándar del contenido energético) en uno y otro mercado. Con esa cantidad de gas, una planta de ciclo combinado puede generar 150 kilovatios-hora, lo que consume en un mes una familia de medianos ingresos. Actualmente su valor en el mercado spot, donde los generadores intercambian energía al por mayor, es de US$2. Esa misma cantidad de gas se vende hoy en el Henry Hub de Luisiana también por US$2. Si descontamos los costos de transporte y procesamiento, parecería que no nos conviene exportarlo. Por ahora. Porque aunque el Henry Hub no vuelva a su promedio histórico, que es de US$4,50, el intento de “cambiar la matriz energética”, como se dice, mandaría como un cable a tierra el precio de la electricidad.

El lote 56 produjo el año pasado 154.000 millones de pies cúbicos de gas, suficientes para generar 23.000 gigavatios-hora (millones de kilovatios-hora), lo que significa aumentar en casi 50% la oferta. Un verdadero electroshock. No hay manera de que el mercado absorba ese incremento sin una caída drástica en el precio. Claro que siempre hay cómo usar más electricidad; la pregunta es cuánto está la gente dispuesta a pagar por los kilovatios adicionales o, dicho de otra manera, qué valor tienen para el consumidor nacional. Si vamos a terminar usándolos para dejar las luces y el televisor prendidos, mejor exportemos el gas. Y así, de paso, nos ahorramos los cinco o diez mil millones de dólares que tendríamos que invertir en nuevas plantas de generación.

Otra alternativa es usar el gas para desarrollar una industria petroquímica que le dé “valor agregado”. La petroquímica consume enormes cantidades de gas para transformarlo en una infinidad de productos, como plásticos, lubricantes y bolsas de polipropileno. Pero no es seguro, hasta donde llega nuestro entendimiento, que el lote 56 tenga la escala suficiente para abastecer una planta petroquímica competitiva internacionalmente. La distancia del Perú a los grandes mercados para esos productos es además una desventaja. La única manera de asegurarnos de que la planta opere con márgenes que justifiquen esa multimillonaria inversión sería que pague el menor precio posible por su principal insumo, que es el gas. ¿Cuál será ese precio? ¿Será menor o mayor que el precio internacional? Eso es lo que realmente importa para saber si el interés nacional está en la petroquímica o en la exportación.

Adam Smith decía que un buen padre de familia evita producir en casa aquello que puede comprar más barato en el mercado. Siguiendo esa misma lógica, no deberíamos empeñarnos en consumir internamente nuestros recursos si hay algún lugar en el mundo donde están dispuestos a pagar por ellos más que nosotros mismos.