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Región y nación, por Carmen McEvoy

"Esperamos que su paso por Palacio de Gobierno no lo haga nunca olvidar sus raíces moqueguanas".

Carmen McEvoy Historiadora

Martín Vizcarra

 (Foto: Presidencia de la República)

Presidencia de la República

“Por fin un presidente moqueguano desde Domingo Nieto”, fue uno de los comentarios que llamó mi atención luego de la crisis política provocada por el escándalo Odebrecht –que mancha nuevamente la figura presidencial– y de la guerra sin tregua entre el Ejecutivo y el Legislativo. Un conflicto que, bueno es recordarlo, hunde sus raíces en los albores de la república y que, en el caso más reciente, precede al quiebre de un período caracterizado por sucesiones presidenciales ininterrumpidas.

En medio de la tristeza de ver al Perú maltratado de todas las formas imaginables, volvieron a mi memoria aquellos tiempos cuando los señores de la guerra lo recorrían a caballo. En su febril cabalgata en pos del poder, algunos de ellos, como fue el caso del mariscal Nieto, dejaron sus escritos sobre “la guerra maldita”, pero también sus reflexiones sobre los contados períodos de paz de aquella joven república por la cual lucharon con coraje en Ayacucho.

Nieto, quien durante su agonía en el Cusco solicitó ser enterrado en los linderos de su Moquegua natal, sucumbió en una guerra que, como muchas otras, se originó en una disputada sucesión presidencial. En efecto, el cambio de mando en 1833 generó un conflicto armado que rápidamente escaló y se internacionalizó, derivando en la primera ocupación del Perú por parte de Chile. Años duros y amargos para la república y que servirían de prólogo al primer experimento de construcción estatal nacional llevado a cabo por el lugarteniente y heredero de Nieto: el tarapaqueño Ramón Castilla.

Las cartas de Nieto, quien fue ayudante de campo del general La Mar en Ayacucho y que aún se encuentran en Santiago de Chile esperando ser repatriadas al Perú, describen una experiencia personal que parte de la ilusión republicana y concluye en la confusión y desesperación que toda guerra encierra en su perversa entraña. Sin embargo, lo rescatable de Nieto, aparte de su eficiencia para armar maquinarias de guerra mucho antes de la revolución de las comunicaciones y el dinero del guano, es su visión de un Perú posconflicto armado.

Esa novedosa mirada, de parte de un miembro del ejército, aparece en los documentos que Nieto escribe en su etapa prefectural cuando su mayor objetivo era domesticar las energías destructivas mediante el trabajo y la producción regional. Enternece leer sus reflexiones ad portas del ‘boom’ guanero. De aquella prosperidad falaz que no haría más que echar gasolina al fuego de la guerra civil, además de promover una alta dosis de corrupción en el seno de la república militarizada del siglo XIX.

El truncado proyecto regional, de base agrícola, dio paso a uno nacional que, a partir de 1845, dependió de la incorporación del Perú a la economía mundial, a través de la exportación del guano. Marcado por la corrupción generalizada y un derrumbe institucional cuyo epílogo fue el asesinato de un presidente en funciones, José Balta, su ministro de Guerra, Tomás Gutiérrez y, unos años después, el del presidente del Senado Manuel Pardo, el Perú transitó de la bancarrota fiscal a la Guerra del Pacífico, cuyo trágico final fue la amputación del riquísimo territorio donde cifró todas sus esperanzas. La historia que sigue es por todos conocida: la desnacionalización de la economía y una fragilidad institucional que no podemos resolver hasta la fecha.

“Hemos afrontado problemas más grandes de los que afrontamos hoy”, nos recordó otro hijo de Moquegua ayer en su investidura presidencial y no deja de tener razón. Tal como ocurrió hace más de un siglo y medio con Domingo Nieto, Martín Vizcarra se propone poner punto final (“basta ya”) a la política del odio y la confrontación que es la que finalmente nos ha distraído y nos distrae del objetivo fundamental: el bienestar de todos los peruanos.

El no vivir “enredados en las peleas” no significa dejar de lado la lucha contra la corrupción, la reforma del Estado, la búsqueda de la gobernabilidad y mucho menos la construcción de la infraestructura que el Perú requiere para enfrentar los retos del siglo XXI. “Poner al Perú primero” es una frase simple del discurso inaugural, pero a la vez un poderoso conjuro que implica revertir el comportamiento que nos ha colocado al borde del precipicio institucional y moral.

Comprender al Perú desde la región e imaginarlo luego desde el exterior (pienso en Vizcarra como presidente regional pero también como embajador de la república en Canadá) puede ser muy beneficioso en estos tiempos de pesimismo generalizado, más aún teniendo como instrumento una mente constructiva. Sin embargo, la forja del Perú y sus instituciones no puede ser una tarea solitaria ya que requiere de todos los ciudadanos que sirven o están dispuestos a servir a la república con eficiencia y honestidad.

Contraponer la lucha por el poder a un accionar que nos lleve a la consecución de ese bien que nos fue prometido en la fundación de la república, la felicidad, remite a la grandeza de las cosas simples y lamentablemente olvidadas en los laberintos de la guerra. Desde acá le deseamos el mayor de los éxitos al presidente Vizcarra y esperamos que su paso por Palacio de Gobierno no lo haga nunca olvidar sus raíces moqueguanas.

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