Migración y violencia, por Arturo Maldonado
Migración y violencia, por Arturo Maldonado

Europa desde hace décadas es un destino de las olas migratorias, pero la crisis en Siria ha agravado la situación. Aunque los países de Europa central no son los principales receptores de , el volumen de personas que están escapando de la violencia ya se siente en las calles. En Italia y España, por ejemplo, este tema es fuertemente discutido en los medios de comunicación. Por un lado, los residentes europeos temen por la estabilidad del país, lo que generaría en algunos casos corrientes discriminatorias. Por el otro, las imágenes de la tragedia sensibilizan a la ciudadanía acerca de la pertinencia de ayudar al pueblo sirio.

Existen migrantes que huyen de sus países por razones económicas. Baste pensar en el Perú de la década de 1980, donde conseguir una visa hacia Estados Unidos era como sacarse la lotería hacia una vida mejor. Cuando la migración es por este motivo, el perfil del migrante suele ser el de un hombre joven, con al menos educación básica. Es decir, quienes huyen son aquellos con más probabilidades de incorporarse más exitosamente a la fuerza laboral del país de destino.

Sin embargo, al parecer la violencia política y las guerras civiles tienen un efecto mucho más grande sobre la migración. Cuando la vida misma es la que está en juego, los migrantes no dudan en cargar con la familia entera e intentar llegar al destino. En el Perú de las décadas de 1980 y 1990, hombres, mujeres y niños migraban escapando del terror de y las fuerzas del orden. Las olas migratorias desde las zonas donde la violencia política era más aguda fundaron nuevos barrios en Lima y en otras ciudades. 

La guerra civil en Siria ha desatado un éxodo similar. Las dramáticas fotos de hombre y mujeres, con sus niños en brazos tratando de burlar los controles fronterizos se repiten cada día. En países vecinos como , que ha sufrido el mayor impacto debido a la guerra en Siria, los refugiados ya suman más de un millón y están instalados provisionalmente en campamentos, que seguramente pronto darán paso a nuevos barrios en ciudades como Ankara. Esa ola migratoria, de alguna manera inesperada y menos planificada, genera presiones, sin duda, sobre los sistemas de atención social en los países de acogida. En Turquía el sistema de salud está a punto de colapsar y hay más niños sirios esperando cupos en el sistema educativo de los que este puede asegurar. 

Finalmente, hay otro tipo de migración, quizá menor, pero igual de importante: la que es resultado de las tasas de violencia criminal. Este es el caso de países centroamericanos como Honduras o El Salvador, donde en la última década las tasas de criminalidad han aumentado dramáticamente y donde, como consecuencia (entre otros factores), los niveles de migración legal e ilegal hacia Estados Unidos han aumentado en similar medida.

En el Perú no tenemos (¿aún?) los niveles de inseguridad ciudadana que se viven en esos países centroamericanos, ni tampoco tenemos un imán de atracción migratoria tan grande como Estados Unidos, pero cabe la pregunta si ya se ha iniciado, lenta pero inexorablemente, una migración interna desde ciudades o barrios más inseguros hacia otros menos violentos. En este caso, el perfil migratorio podría estar sesgado hacia aquellos que tienen los recursos. Por lo tanto, este patrón de movilidad podría discriminar entre guetos de violencia y guetos de seguridad, exacerbando las diferencias.