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El milagro de Orión, por Franco Giuffra

¿Por qué no hay un solo congresista que dedique su vida a reducir esta desgracia de todos los Oriones?

Franco Giuffra Empresario

El milagro de Orión, por Franco Giuffra

El milagro de Orión, por Franco Giuffra

La cosa es más o menos así: en el Perú existen, por un lado, empresas que producen bienes y brindan servicios, tienen empleados, dirección conocida y, de la otra parte, está Orión. Compañías que son fiscalizadas por Sunat, Osinergmin, Ositrán, Indecopi, Osiptel, Sunafil, Susalud y, de otro lado, existe Orión. Empresas que pagan planillas, contribuciones sociales, tienen comité de seguridad y salud en el trabajo, cuota para discapacitados, plano de evacuación, detectores de humo y, de otro lado, está Orión.
“Está” es un decir, porque Orión habita en una dimensión de la existencia al que la gente normal no puede acceder. Es como una idea platónica o un sueño pesado o una categoría kantiana. La prueba de esta inmaterialidad es evidente: si usted choca con Orión o es atropellado por Orión, en realidad no lo ha hecho con nadie. Olvídese de reclamar, de sentar una denuncia, de perseguir una indemnización, de exigir un castigo. No tiene contraparte.

Gracias a este fenómeno de evaporación legal, Orión cruza la ciudad sin limitaciones. Sin semáforos, sin topes de velocidad, sin paraderos, sin reglas. Los choferes de carne y hueso rehúyen los controles policiales y temen a las papeletas. A los choferes fantasmagóricos de Orión les resultan irrelevantes. Usted puede desvelarse porque tiene una sanción pendiente por obstruir el crucero peatonal; un Orionista descansa con gozo a la sombra de un tulipán africano con 100 infracciones impagas.

Véalo así: una cucaracha puede cerrar una cadena de restaurantes, pero mil accidentes no le hacen nada a Orión. Porque no existe realmente. Su esquema organizativo no está descrito en la ley de sociedades, sus delitos no aparecen en el Código Penal, sus infracciones no se encuentran en las normas de tránsito. Como la constelación astral a la cual debe su nombre, Orión no está entre nosotros, solo nos mira desde el cielo.
¿Qué puede haber conferido a esta entidad semejantes poderes? ¿La habilidad de sus directivos y asociados? ¿Su devoción disciplinada al patrón de las causas imposibles? A primera vista, en efecto, parecería tratarse de un caso sobrenatural. Pero lo más probable es que las explicaciones para esta condición sean bastante más terrenales.
En primer lugar, la absoluta renuncia al principio de autoridad por parte de la policía y la inaplicación de las leyes por parte de jueces incompetentes. Junto con la complicidad, por supuesto, de las autoridades municipales y del Gobierno Central que tienen que ver con este tema. 

En segundo orden, el hecho lamentable de que en el Perú es muchísimo más barato reparar un daño que prevenirlo, en buena cuenta porque las indemnizaciones compensatorias son ridículas o incobrables; como lo sabe la familia de Ivo Dutra y de tantas otras víctimas de accidentes similares, que llevan años litigando.

No, este no es el milagro de Orión; esto es una mafia. En mi concepto, peor que el espionaje de la DINI, más perjudicial que los anticuchos de Belaunde Lossio e infinitamente más trascendente que las presuntas trafas de Toledo. Porque una sociedad no es viable si te pueden reventar la crisma impunemente.

¿Por qué no hay un solo congresista, un solo ministro, un solo director de la policía, un solo alcalde que dedique su vida a reducir en algo esta desgracia de todos los Oriones que matan o dañan más gente que muchas enfermedades y huaicos? 
Ese es el verdadero milagro de Orión, queridos hermanos.

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