La obra de Angus Deaton, por Iván Alonso
La obra de Angus Deaton, por Iván Alonso
Iván Alonso

Economista

Tarde o temprano tenía que recibir el Premio Nobel el economista escocés “Tenía que” es un decir, porque la ponderación de los méritos de tantos posibles ganadores es inevitablemente subjetiva. A veces las decisiones de la Academia Sueca nos han parecido fantásticas; otras, no tanto. La elección de Deaton está felizmente en el primer grupo. ¿Qué ha hecho para recibir esta distinción?

Dice la “ley de la demanda” que la gente compra menos de un producto cuando el precio sube (suponiendo que su ingreso no cambia), y más, cuando baja. Si pudiéramos cuantificar esta relación, sabríamos, por ejemplo, cuánto se reducirá el consumo de gasolina si aumentamos el impuesto selectivo. ¿Pero qué pasa si aumentamos el IGV? Entonces cambia no solamente el precio de la gasolina, sino también los de otras cosas cuyo uso complementa o reemplaza a la gasolina, como las llantas o el tren eléctrico. Para rastrear los efectos en el consumo de los distintos productos necesitamos lo que se conoce como un “sistema de demanda”.

Los primeros sistemas de demanda, construidos y testeados empíricamente por unos economistas holandeses en Róterdam, arrojaron resultados contrarios a los que cabía esperar si parte uno de la idea de un consumidor racional que distribuye sus ingresos entre los distintos productos, tratando de maximizar su satisfacción personal. Deaton se rascó la cabeza y llegó a la conclusión de que el error no estaba en suponer que el consumidor actúa racionalmente, sino en tratar de detectar las señales de una racionalidad individual en los datos estadísticos que reflejan las decisiones de consumo de todo un país. Se ve el bosque, pero no el árbol.

Otro ejemplo. Suponemos (correctamente) que una persona racional ahorrará una mayor proporción de su ingreso si el banco le paga una tasa más alta. Sin embargo, cuando uno mira las cuentas nacionales, no siempre encuentra una relación clara entre el ahorro y la tasa de interés. Eso no quiere decir que la gente no se comporte racionalmente. Lo que quiere decir es que en el mismo país conviven gente de distintas edades: algunos están en una etapa de la vida en la que ahorran y responden positivamente a la tasa de interés; y otros, más bien, consumen lo que antes habían acumulado, como un jubilado que va gastando su fondo de pensiones.

Para desentrañar las conductas individuales de la masa de datos agregados, como se les llama, Deaton no solamente contribuyó a refinar la teoría económica, sino también a desarrollar métodos estadísticos que permitieran observar mejor las decisiones de consumo y ahorro a lo largo del tiempo. Un subproducto de ese trabajo son las encuestas de hogares que utiliza actualmente el para medir la pobreza.

Con esos datos ha podido responder algunas preguntas interesantes, como la discriminación de género. Un nacimiento obliga a los padres a reducir su consumo de cosas como alcohol y tabaco. ¿Es mayor la reducción cuando nace una hija que cuando nace un hijo? Las encuestas de hogares en muchos países en desarrollo demuestran que no hay diferencia.

¿Existe una “trampa de la pobreza”? No. Cuando cae el ingreso, la gente consume menos calorías. Pero no se vuelve más pobre por falta de calorías. Las que se necesitan para sostenerse en una jornada de trabajo no cuestan típicamente ni el 5% del salario diario.